Hoja geobiológica pampeana órgano del Consejo Profesional de Ciencias Naturales




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Hoja Geobiológica Pampeana Año XXIII(2011), Nº 11



Lunes 28 de noviembre de 2011

HOJA GEOBIOLÓGICA PAMPEANA

Órgano del Consejo Profesional de Ciencias Naturales

(Fundado el 12 de marzo de 1989 por el Dr. Augusto Pablo Calmels)

Editores responsables: Dr. Augusto Pablo Calmels y Lic. Olga C. Carballo

Corresponsales, Biología: Lic. Julio R. Peluffo

Geología: Dr. Eduardo E. Mariño

Recursos Naturales: Dra. Graciela Bazán

http/www.region.com.ar/hoja geobiologica pampeana

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INICIACIÓN AL ESTUDIO DE LA GEOMORFOLOGÍA CLIMÁTICA

(Tricart y Calmels) (Continuación)

  1. Vegetación y agentes meteóricos

La pantalla de la cubierta vegetal tiene por efecto modificar la intensidad de los agentes meteóricos y de los procesos que ellos originan.

Tomemos el ejemplo de la lluvia. Las gotas, al caer, alcanzan una velocidad límite, tanto más elevada cuanto mayor es su tamaño, y su energía cinética crece en razón directa al cuadrado de la velocidad. Sobre el suelo desnudo ejercen un verdadero bombardeo; hacen saltar granos de arena y agregados a una distancia y altura de varios decímetros. Es suficiente con observar la parte baja de una pared, de una planchada o de un poste, al lado de un suelo desnudo, luego de un aguacero, para darse cuenta de ello: su superficie está enteramente cubierta de pequeñas partículas terrosas. Habitualmente estas últimas vuelven a

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aer al suelo y participan del bombardeo: las mayores contribuyen a su vez a desintegrar la superficie del suelo y a liberar nuevas partículas. Aun cuando la intensidad del aguacero se mantenga constante, estas acciones crecen con el tiempo, al menos mientras haya materiales disponibles. Las partículas liberadas se encuentran prontas para el transporte por las aguas, que a menudo inician el drenaje, o por el viento que, más tarde, soplará sobre el suelo escurrido. Sobre una pendiente, la saltación de las partículas entraña, automáticamente, una lenta migración estadística hacia abajo, siendo más larga la trayectoria de las partículas que van hacia abajo, que la de las partículas que van hacia arriba, a igualdad de todas las otras condiciones. Se puede designar este mecanismo, muy importante, con el nombre de erosión pluvial

Examinaremos ahora lo que se produce cuando, por el contrario, el suelo está cubierto de vegetación. Deben considerarse dos casos extremos: el suelo está desnudo debajo de los árboles, o bien está cubierto por un césped o por una camada de escombros que no lo deja aflorar. En el primer caso, el agua que precipita sólo alcanza directamente el suelo en una escasa proporción: un gran número de gotas cae sobre las ramas u hojas y rebota en ellas. Finalmente, cuando llegan al suelo, a menudo fragmentadas, cada gotita tiene una masa menor, una velocidad amenguada y, por consiguiente, una energía cinética muy disminuida. Bajo este bombardeo menos intenso, las partículas de suelo que salpican son mucho menos numerosas y menores. Frecuentemente, las partículas que podrían ponerse en movimiento, serían aglomeradas en agregados, demasiado pesados como para ser proyectados y demasiado sólidos como para ser disociados por las gotas amortiguadas.

Pero hay más aún. Una importante fracción del agua de lluvia es retenida por las hojas y ramas y queda en las asperezas de la corteza, los musgos, los líquenes, las nervaduras de las hojas y nunca alcanza el suelo, viéndose dispersada por evaporación al término del chaparrón. La pluviosidad del suelo, es decir la cantidad de lluvia que alcanza la superficie de los suelos naturales, está disminuida, es inferior a la registrada por las estaciones meteorológicas. El déficit puede ser considerable. Lamentablemente, sólo se dispone de muy pocas mediciones que permiten solamente probar la existencia del fenómeno. En la Estación de Investigaciones de Clorinda (Iowa, valle del Missouri, Estados Unidos de Norteamérica), del 10 de agosto al 7 de octubre de 1935, la media de las precipitaciones relevadas al nivel del suelo, en un campo de maíz, era inferior en un 30 % de la registrada en un mismo número de pluviómetros variados situados al aire libre.

Se han efectuado mediciones comparativas bajo selva y al aire libre en Berlín y en Italia. Ellas ponen en claro las variaciones estacionales de la intercepción. Éstas son función, por una parte, del estado del follaje (intercepción menor en invierno bajo las frondas), y por otra parte, de la intensidad de los chaparrones. Los fuertes chaparrones franquean mejor la pantalla, en tanto que las lluvias finas pueden ser interceptadas íntegramente. Por ejemplo, bajo un hayal, en invierno, la intercepción ha sido de 19 %, mientras que ha alcanzado un 40 % en verano. De un tipo de clima a otro, la intercepción varía en función del régimen de las precipitaciones. Pero en una misma región, cambia también de un tipo de cubierta vegetal a otro. Una parte importante del agua interceptada se escurre a lo largo de las ramas y de los troncos, principalmente cuando éstos son lisos, lo que es un caso bastante frecuente en las regiones secas. Así, en California, en los chaparrales citados más arriba, el 30 % y el 8 % de la pluviosidad total alcanza el suelo de esta manera. Esta agua generalmente se infiltra en su totalidad. Por el contrario, bajo las selvas más altas, como las selvas pluviales, a menudo se forman canales durante los fuertes chaparrones, concentrando una parte del agua interceptada sobre ciertos puntos de la superficie del suelo que son bombardeados con intensidad y sufren a veces una erosión pluvial. Se entiende que el emplazamiento de estos canales varía frecuentemente.

Por el momento, sólo se dispone de datos bastante numerosos para la zona templada y, sobre todo, para las selvas de los Estaos Unidos de Norteamérica (estudiadas desde 1919 por E. E. Horton) y de Alemania. Ahora bien, el problema es complejo y se requiere distinguir cuidadosamente tres elementos:


  • El porcentaje de intercepción total, que depende de la cubierta vegetal, principalmente de las variaciones estacionales del follaje, y de la intensidad de los chaparrones.

  • La proporción de agua interceptada que cae sobre el suelo bajo la forma de goteras y ejerce, cuando las condiciones son favorables por otra parte, una cierta erosión pluvial. Este fenómeno parece actuar sobre todo bajo los árboles muy grandes, y muy poco bajo los matorrales y los arbustos.

  • E
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    l porcentaje de recubrimiento de la vegetación en los diversos niveles. Una parte de la lluvia puede caer directamente sobre el suelo bajo una selva rala, como por ejemplo en los bosques de eucaliptos de Australia occidental, o bajo la sabana. Las goteras de los grandes árboles golpean solamente sobre restos vegetales en muchas selvas de Europa meridional, etc.

Es, pues, peligroso todavía generalizar, pero la observación directa, a falta de mediciones, permite adelantar las características cualitativas siguientes:

  • Bajo selva pluvial, la intercepción es fuerte y apenas presenta variaciones estacionales, puesto que los árboles se despojan individualmente. Las goteras, por el contrario, desempeñan un cierto papel a causa del débil desarrollo del estrato herbáceo y de la descomposición del mantillo. El escurrimiento puede

ser allí relativamente fuerte, como lo ha observado G. Rougerie.


caen al final del período seco y encuentran una cubierta mediocre, por lo que son particularmente eficaces, tanto más cuanto que a menudo son violentos.

Este carácter se acentúa todavía en la sabana a causa de la menor densidad de la cubierta vegetal.



  • En las regiones secas, el papel de pantalla disminuye a medida que la sequía obliga a las plantas a espaciarse y formar una cubierta más abierta. La falta de mantillo refuerza las posibilidades de la erosión pluvial.

  • En las regiones templadas, la importancia del estrato herbáceo, desde las estepas densas, desempeña un papel decisivo y el escurrimiento es generalmente menor que bajo ciertas selvas pluviales. Es más un efecto de protección que de intercepción.

  • Son las formaciones de matorrales abiertos y especialmente la de plantas gruesas, las que ofrecen la menor intercepción y la más débil protección. Tal es el caso, por ejemplo, de las malezas xerofíticas, aun poco penetrables, del sertao del noreste brasileño, o de las regiones secas de América andina y de México.

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    n las formaciones xerofíticas arbustivas densas, la cobertura vegetal es bastante densa como para desempeñar eficazmente el papel de pantalla, aunque las hojas sean muy poco desarrolladas; pero hay poco suministro de restos vegetales al suelo, lo que obstaculiza la pedogénesis.

  • Por el contrario, una cubierta herbácea es muy eficaz. Las briznas de hierba desempeñan un papel protector y provocan probablemente una pérdida de lluvia que no es despreciable: ciertas gotas se deslizan a lo largo de las hojas dispuestas en canaleta, y llegan, completamente frenadas, al pie de la planta. Pero, principalmente, la cubierta del suelo es casi continua y prácticamente ninguna gota cae directamente sobre el suelo. El salpicado de las partículas finas del suelo está reducido a los lugares en los cuales, por excepción, el suelo está desnudo: escombros de madrigueras, árboles arrancados, etc. Observaciones muy simples, que podrían ser transformadas fácilmente en medidas, permiten a cada uno darse cuenta de ello.

Algunos han ido más lejos aún y

se han esforzado en analizar la influencia de la vegetación sobre la pluviosidad en el marco de los mesoclimas. Se ha ensayado determinar, para una región dada, la influencia de su desmonte y, luego, de su reforestación, sobre las precipitaciones anuales. Los resultados han sido divergentes; son difíciles de interpretar: de una década a otra, las precipitaciones medias anuales de lluvia varían, aun en un mismo sitio, y es muy difícil relacionarla a los cambios de vegetación en las diferentes observaciones. Más demostrativo nos parece el método empleado por P. Doignon en la selva de Fontainebleau: consiste en comparar el clima de la selva con el de estaciones vecinas situadas en condiciones tan análogas como sea posible. En este ejemplo, la pluviosidad media a 2 metros del suelo sería superior en 17 % en la selva (medida afectuada en los claros), en tanto que las tormentas serían más raras. Las observaciones de Doignon están confirmadas por resultados análogos obtenidos en otras regiones del planeta. Así, en la India, la reforestación de 16.000 km2 ha provocado las diferencias siguientes en la pluviosidad:

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Totales anuales medios

Período ___________________

En la región Para el

Boscosa conjunto

1869-1875(antes

de la reforestac). 1.215 mm 1.072 mm

1875-1883(desp.

de la reforest.) 1.369 mm 1074 mm

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l aumento habría sido aquí de sólo 12,6 %, sensiblemente menor que en Fontainebleau, lo que se explicaría por la existencia de una estación seca acentuada, durante la cual la influencia de la selva es forzosamente de las más reducidas. En la zona templada, es de experiencia corriente que la nubosidad se vea aumentada por las selvas. Una cubierta vegetal densa contribuiría a acrecentar la pluviosidad a dos metros del suelo y a hacer más regulares las precipitaciones, quizás también a disminuir la intensidad de los chaparrones. Por otra parte, disminuye considerablemente su acción mecánica directa sobre el suelo. El efecto de la selva se hace sentir igualmente en las nevadas. La capa de nieve es más regular, puesto que una parte de la nieve es interceptada y, sobre las ramas, funde más rápidamente, de modo que la capa sobre el suelo es menor. En ciertos casos funde más rápido, pero a menudo también lo hace más tardíamente porque las radiaciones luminosas y calóricas son tamizadas por el ramaje de los árboles. En todos los casos, el escurrimiento provocado por la fusión de la nieve es menos violento. En la Sierra Nevada de California, bajo un clima soleado, R. Anderson y G Gleason (1960) han hallado que el stock de nieve anual sobrepasaba de 178-305 mm el de las parcelas localizadas debajo de la selva vecina. La lámina de agua escurrida, en las mismas condiciones, aumenta término medio de 23 mm. Siempre en los Estados Unidos de Norteamérica, en Wagon Wheel Gap, según la F.A.O. (1962), la deforestación ha disminuido en tres días el retardo de la creciente de fusión de la nieve y ha aumentado el 50 % su caudal de punta. La fusión es más rápida y el tiempo de concentración del escurrimiento disminuye.

La vegetación tiene una influencia similar sobre las variaciones de temperatura del suelo. En efecto, reduce la influencia de los dos factores principales que la rigen: la irradiación solar recibida y los movimientos de las masas de aire. El follaje y los tallos de las plantas frenan los movimientos de aire: no hay viento debajo del bosque; por otra parte, absorbe, gracias a la clorofila, una parte notable de la radiación solar, aproximadamente el tercio, y la utiliza en las síntesis químicas y en la transpiración; de esa forma, se transmite al suelo amenguada; a la sombra está más fresco. De noche hace menos frío debajo del bosque que al aire libre. En suma, las oscilaciones térmicas diurnas están amortiguadas. Las variaciones de temperatura del suelo son prácticamente nulas (1 a 2º) en la selva pluvial, en tanto que son considerables en la zona árida tropical (hasta 40 o 50º). Por otra parte, en medio de la zona forestal intertropical, la amplitud de las variaciones de temperatura es considerable sobre las rocas desnudas cuya superficie parece calentarse al sol hasta alcanzar 50 o 55º. Las mismas influencias se encuentran en un dominio enteramente distinto, para la penetración del congelamiento en el. suelo. Se observa una diferencia entre las selvas y las regiones vecinas. Los fenómenos son retardados en la selva: el congelamiento se manifiesta allí más lentamente, entre otras por la razón de la ausencia de viento a ras del suelo; descendiendo menos profundamente en éstas; y el deshielo es más tardío, principalmente a causa de la sombra de los árboles. Así, la nieve persiste en primavera por más tiempo en la selva. Bajo los climas templados, el papel aislante desempeñado por el mantillo, o el césped, disminuye la profundidad de penetración del congelamiento. De ese modo, en Alsacia, en el curso del invierno 1953-1954, la profundidad máxima alcanzada por el congelamiento, bajo el efecto de temperaturas que descendieron a -20 o -22ºC, ha sido inferior en el 20 % bajo césped en relación con un suelo desnudo. Bajo los climas fríos, el mecanismo desempeña un papel en sentido inverso: la propagación del deshielo es frenada y la superficie superior del suelo semipermanentemente congelado, bajo una cubierta vegetal de bosquecillos, o de praderas pantanosas, a menudo es meros profunda que bajo un suelo desnudo.

Al mismo tiempo que las variaciones de temperatura del suelo, la cubierta vegetal amortigua igualmente las variaciones de humedad. El suelo, menos calentado, se deseca menos rápidamente. Bajo la selva, el suelo conserva una parte apreciable de humedad, mientras que el de los claros está ya endurecido y agrietado.


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En Indochina, en la estación experimental de Trangbom, se han efectuado mediciones comparativas a 170 metros de distancia: unas en selvas, otras en claros. Durante el período 1933-1937, la evaporación media anual fue casi de 2,5 veces más elevada en los claros:

Bajo bosque En los claros

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Evap. diurna 183,7 mm 540,6 mm

Ev. Nocturna 113,8 mm 161,6 mm

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TOTAL: 297,5 mm 702,2 mm
Una selva clara subhúmeda de Australia occidental, ha resultado bastante buena protectora del suelo. El papel protector esencial está desempeñado por las hierbas del sotobosque. La pluviosidad es aquí de unos 600 milímetros. En una selva subhúmeda degradada de Australia occidental, con una pluviosidad de unos 800 milímetros anuales, la protección es menor que en la selva anterior porque el pastoreo y los incendios han reducido la cubierta herbácea. Aparecen placas de suelo casi completamente desnudas, sobre las cuales se ejerce la erosión pluvial y sobre ellas se lleva a cabo el escurrimiento areolar.

De todo esto resulta que los esfuerzos mecánicos experimentados por el suelo, bajo el efecto de la desecación son menores debajo de la cubierta vegetal densa. Los abandonos de sales disueltas en el suelo, bajo el efecto de la evaporación del agua, están igualmente disminuidos y veremos el papel capital que esto desempeña en la formación de los concrecionamientos sobre todo en las corazas lateriticas. Pero, aquí todavía, hay grandes diferencias de un tipo de cubierta vegetal a otro. Sólo en las selvas de Suiza se ha notado, de acuerdo con la F. A. O. (1962), un aumento en relación al aire libre, de la humedad relativa, en verano, de 9,35 % bajo un hayal, de 7,85 % bajo un alerzal, y de solamente 3,87 % bajo un pinar. Con mayor razón, los efectos higrométricos de la cubierta vegetal deben diferir entre las sabanas y las selvas pluviales y, en las primeras, según las estaciones. Lamentablemente, faltan datos que permitan una visión de conjunto.

Las selvas tienen tendencia a disminuir la temperatura del aire: en la de Fontainebleau, la temperatura media anual es menor en 1,5º C a la de las regiones cultivadas vecinas, y el número de congelamientos del aire es superior en un 40%.

Si bien todavía faltan estudios precisos, es posible concluir que, en conjunto, la cubierta vegetal disminuye la intensidad de los procesos meteóricos. Desempeña así, con relación a los factores mecánicos de la morfogénesis, un papel antagónico.


b) Vegetación y agentes de transporte

Se encuentran relaciones del mismo orden entre la vegetación y los agentes de transporte: aguas corrientes y viento.


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Frente a las aguas corrientes, la vegetación obra de una manera compleja. Hemos visto que provocaba una disipación directa de una parte del agua de lluvia en el aire, antes de que llegue al suelo. Así, disminuye las masas de agua susceptible de escurrirse durante los chaparrones. Al impedir que las gotas compacten el suelo y transformen su superficie en una costra impermeable bajo el efecto de la evaporación, la cubierta vegetal facilita la infiltración de las aguas en la tierra. Igualmente, numerosas gotas, deslizándose a lo largo de los tallos de la hierba, aprovechan el pequeño vacío que contornea su pie para penetrar en el suelo. La acción de los animales cavadores se agrega, por otra parte, a la de las plantas: la tierra de los residuos de gusanos y las madrigueras son formas de friabilidad propicias para la infiltración de las aguas. La cubierta vegetal no sólo disminuye la fracción morfológicamente activa de las precipitaciones meteorológicas, sino que favorece también la infiltración de una parte de las aguas que alcanzan el suelo. En los lugares en que es suficientemente densa, modifica el ritmo de llegada de la lluvia al suelo.

Sobre un suelo desnudo o semidesnudo (estepa), la lluvia llega a la superficie sin franquear obstáculos: la violencia del chaparrón es la misma en el suelo que en el aire. Cuando la precipitación alcanza una cierta intensidad, sobrepasa la velocidad de absorción del suelo y se escurre en su superficie, en tanto que en profundidad puede estar todavía seco.

Es frecuente, en medio subárido, constatar que el suelo ha permanecido seco a 5-10 centímetros de profundidad luego de una lluvia que ha provocado un escurrimiento apreciable. Por consecuencia de la intensidad de la precipitación y del estado de la

superficie del suelo, la capacidad de absorción de agua y el poder filtrante de ese suelo, no han sido utilizados en profundidad. Semejante mecanismo se produce mucho más raramente cuando la cubierta vegetal es densa, principalmente bajo la selva. En efecto, en ese caso la pantalla que forman las plantas modifica la densidad del chaparrón. En el suelo, su intensidad es mucho menor de la que tiene lugar en el aire. El fenómeno meteorológico está amortiguado: la disipación directa por evaporación en el aire, sobre las ramas y el follaje, está completada por el retardo impuesto a la caída de las gotas y por los obstáculos sucesivos de las hojas, ramas y ramaje.

Es de experiencia corriente que debajo de un árbol se puede permanece varios minutos completamente al abrigo de las gotas de un violento chaparrón.

Lamentablemente, muchos geomorfólogos, muy fascinados por el canto de la sirena davisiana, han olvidado a menudo estos hechos de sentido común y han despreciado precisarlos con mediciones. Sería del mayor interés estudiar comparativamen

te la fuerza y la densidad de las precipitaciones pluviales bajo cubiertas vegetales variadas y en pleno aire, en diversas zonas morfoclimáticas. Sus aplicaciones a los dominios de la erosión de los suelos, de la hidrología y de la ecología vegetal, serían sumamente importantes.

Ahora bien, estos métodos ya pueden ser aplicados. C. Barat (1957) ha elaborado uno de ellos que consiste en exponer a los chaparrones un papel especial (al azul de metileno) que se tiñe en contacto con las gotas de lluvia. Un sistema de rodillos permite su desplazamiento y el cálculo de la intensidad de la precipitación. La dimensión de los impactos es proporcional al diámetro de la gota, esférica en la atmósfera. Lamentablemente, sólo el autor ha aplicado el método y los resultados se limitan a la Montaña de Ambre, en el norte de Madagascar. Datos comparativos serían de lo más útiles para diversos climas y tipos de cubierta vegetal.


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De una manera general, la vegetación es antagónica al escurrimiento: nuestros ingenieros de aguas y selvas se habían dado cuenta de ello hace bastante más de un siglo, mucho antes de que esta noción fundamental hubiera sido ensombrecida en el espíritu de los gomorfólogos por las teorías davisianas, que hablan

incesantemente del modelado de las pendientes por el escurrimiento en las regiones de “erosión normal”, es decir regiones en su mayoría boscosas al estado natural. A. Cailleux ha demostrado cuán insignificante era el escurrimiento bajo la selva en medio templado oceánico. Lo esencial tiene lugar allí durante el deshielo y la fusión de las nieves, en tanto que los chaparrones tormentosos de verano apenas tienen influencia. Se le ha objetado que se trataba de una región arenosa, por lo tanto permeable, y que el ejemplo era poco demostrativo. En efecto, el escurrimiento puede abarrancar muy bien las arenas todavía más permeables que las de Dourdan: uno de nosotros (J. Tricart) ha observado, en dunas cuaternarias inmóviles, sobre pendientes que sobrepasan una decena de grados, verdaderas barrancas, cárcavas y zanjones abruptos, a veces con profundidades de un metro. Pero esto ocurría en el suroeste de Mauritania, entre Nouakchott y el delta del Senegal, región de estepa diseminada donde la pluviosidad anual se aproxima a los 200 milímetros. La comparación con Dourdan muestra el papel de la cubierta vegetal en el desarrollo del escurrimiento, papel tan importante como el de la naturaleza de las rocas. Por otra parte, las observaciones de A. Cailleux fueron confirmadas por las mediciones de Magomedov en Ucrania occidental. En pequeñas cuencas de una treintena de kilómetros cuadrados, para una pluviosidad total de 80-100 milímetros en el curso del verano, el 99,6 % del agua es absorbida por arcillas cespitosas. El 27 de julio de 1938, durante un chaparrón de 53,5 milímetros, con una intensidad media de 2,2 mm/minuto, el escurrimiento del talweg sólo fue del 10 % en la cuenca de Prirpensk, sobre un suelo arcilloso podzólico, y del 17 % en la cuenca de Pridesniansk, formada por suelos arcillosos grises forestales pulverulentos. Sin embargo, los cultivos ocupan un amplio lugar en las cuencas. Allí también, el principal escurrimiento se ejerce durante el deshielo. Para ser demostrativas, tales medidas deben referirse a muy pequeñas cuencas, de sólo 10 a 30 kilómetros cuadrados; de otro modo, las fuentes desempeñan, en los caudales, un papel muy importante y difícil de evaluar.

En una maleza rala de Australia occidental, que permite el escurrimiento difuso, éste produce el modelado de la superficie de un glacís. Con una pluviosidad de 275 milímetros, los filetes de agua se forman fácilmente, pero la vegetación los obliga a dividirse, lo que obstaculiza su concentración. Por su parte, en una selva rala, también de Australia occidental (región de Greenhills), se produce importante escurrimiento difuso; la cubierta herbácea es insuficiente y aparecen manchones de suelo desnudo sobre los cuales se ejerce la erosión pluvial. Durante los chaparrones, el escurrimiento discontinuo desplaza las partículas finas, que forman playas limosas. En matorrales ralos de la misma región australiana, donde aquí el sustrato no está formado por granitos o gneisses, sino por una coraza ferruginosa que reposa sobre ellos, a la influencia de la sequía, se agrega la de la naturaleza desfavorable del suelo (factor edáfico) para dar cuenta de la débil cubierta vegetal. La ausencia de estrato herbáceo bajo las Casuarinas, faculta al suelo, carente de protección para ser sometido a los efectos de las variaciones de temperatura y de humedad y la erosión pluvial. La coraza se desagrega en detritos.


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A menudo, donde la cubierta vegetal y los suelos están suficientemente desarrollados, una fracción importante del agua de los chaparrones se infiltra en el suelo más permeable, y se encuentra bloqueada en su base, en contacto con la roca in situ, o formaciones de alteración menos permeables. En topografía accidentada, esta capa de imbibición temporaria, bien conocida por los edafólogos, migra hacia la parte inferior de las pendientes siguiendo el plano irregular de discontinuidad que la detiene. En Pedología, se designa a veces a este fenómeno como lixiviado oblicuo, en tanto que en hidrología se lo conoce como escurrimiento subcutáneo, escurrimiento hipodérmico o escurrimiento subsuperficial. Es dicho escurrimiento el que sostiene los caudales después del pico de crecida. Desde el punto de vista geomorfológico, el fenómeno desempeña un gran papel: luego de las lluvias suficientemente abundantes, el tenor de agua en la base de los suelos, o de las alteritas, puede ser considerable y sobrepasar el límite de liquidez. Se producen entonces reventones de receptáculos de fango líquido, que dan lugar a pequeños nichos de despegue designados “cucharetazoz” (en idioma francés: coups de cuillère). En Francia, en la creciente de junio de 1957 en el Queyras, se produjeron numerosos de ellos.

Pero la influencia de la cubierta vegetal no se limita al régimen hidrológico. Modifica igualmente la acción geomorfológica efectuada por las aguas que se escurren. En este dominio, el papel primordial lo desempeña la capa de césped, mucho más que los árboles. Bajo una selva muy densa, como las selvas pluviales primarias, o una selva secundaria tropical de un centenar de años de edad, la luz que llega al suelo es demasiado débil como para permitir el crecimiento de un tapiz herbáceo; las hojas muertas y demás restos vegetales son rápidamente descompuestos y el suelo está casi completamente desnudo: las gotas que caen de los árboles ocasionan allí un escurrimiento difuso, susceptible de cargarse con elementos limosos. Las

aguas de escurrimiento, que por otra parte sólo constituyen una débil proporción de los chaparrones y aguaceros, llegan muy turbias a los ríos. Por el contrario, sobre el césped, la protección del suelo es eficaz. Los más violentos chaparrones pueden fluir sobre una pradera densa sin tocar el suelo mineral y las aguas llegan limpias a la parte baja de las pendientes. En este caso, la acción del césped es doble: protección mecánica del suelo y disminución de la capacidad de erosión de las aguas. En efecto, el césped puede resistir aun a corrientes potentes: para constatarlo es suficiente con observar una pradera del fondo de un valle templado durante una crecida. Si las aguas no acarrean cantos rodados capaces de destruir la coraza de césped, esta última resiste corrientes que pueden alcanzar una decena de km/hora (caso observado el invierno 1953-1954 en Bruche, cerca de Strasbourg).


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Para que las aguas venzan la resistencia del césped, es necesario que estén concentradas: un ejemplo típico de ello está dado por las praderas alpinas. Sobre las pendientes, el agua de los fuertes chaparrones se escurre sin hendir el suelo, a pesar del fuerte gradiente. Pero, desde el momento en que un talweg permite su concentración, alcanza caudales suficientes como para hendir la cubierta herbácea y cavar un lecho que ataca al suelo.. La capacidad de erosión de las aguas de escurrimiento sobre un césped, también está disminuida por la fuerte rugosidad de la superficie de escurrimiento. Las matas de hierba, aun cuando se aplasten bajo el efecto de la corriente, forman innumerables asperezas que frenan el escurrimiento, y el agua, fluyendo más lentamente en su contacto, ejerce una menor erosión sobre su lecho. Los estudios experimentales realizados por Ree y Palmer son particularmente demostrativos a este respecto.

Como consecuencia del menor espesor de la pantalla vegetal, el escurrimiento es más importante sobre el césped que en la selva. En los Estaos Unidos de Norteamérica, una lluvia torrencial de una hora, de unos 50 milímetros aproximadamente, ha arrastrado, sobre parcelas boscosas vecinas, un escurrimiento del 2 %; sobre parcelas de pradera no cultivadas; sobre campos de trigo y de avena, del 25 %; sobre lotes de algodón y de maíz, del 150 %. Pero cuando la cubierta de césped es más densa protege más eficazmente el suelo: las estaciones experimentales de los Estados Unidos de Norteamérica han demostrado que una erosión por escurrimiento es, término medio, 4 a 6 veces más fuerte bajo la selva que en el césped. En Texas, en una pendiente con gradiente de 10º, la erosión de una capa de 20 centímetros de espesor, requería alrededor de 170.000 años con una cubierta de césped, 25.000 si la pendiente fuera boscosa, y sólo entre una veintena y una cincuentena de años si estuviera cultivada.


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De esa forma, la vegetación influye fuertemente sobre el escurrimiento y sobre la morfogénesis fluvial: proporciona trabas al escurrimiento, que anula en gran medida su eficacia morfológica en el caso de las superficies cespitosas o cubiertas de mantillo. Las plantas desempeñan un papel semejante en los ríos más importantes: las espesuras, a menudo impenetrables, que bordean los ríos tropicales, bajo la forma de “selvas en galería, se interponen eficazmente entre las barrancas y las aguas. En ciertos casos, son capaces de suprimir todo trabajo de zapa lateral por la corriente. En las montañas del Futa-Djalon (Guinea), la erosión mecánica por los ríos, aun cuando muy potente durante el invierno es casi nula por falta de abrasivo: ningún detrito es proporcionado por el escurrimiento de las pendientes ni puede ser arrastrado a los ríos, eficazmente protegidos por la selva en galería. De ese modo, las caídas se perpetúan casi indefinidamente. Por el contrario, desde el momento en que la destrucción de la cubierta vegetal por el hombre es suficientemente avanzada, las aguas abarrancan las pendientes, inciden los fondos bajos, cavan meandros y los umbrales y barras son limados por la arena e invadidos por marmitas torrenciales. Bajo los climas templados, la vegetación de las barrancas desempeña un papel semejante; pero, antes de definir lo que ha podido ser el estado natural, es menester tener en cuenta la acción del hombre, que ha modificado fundamentalmente las condiciones naturales: la mayoría de las barrancas de los ríos han sido aterrazadas y endicadas, a menudo desmontadas; las barrancas de los pequeños ríos frecuentemente son taludes sobreelevados, que resultan de los cuidados que la ley hace obligatorios; en los pequeños valles han sido cavados lechos artificiales de todo tipo, allí donde, antiguamente, el agua se estancaba probablemente en forma de pantano. Lamentablemente, no se ha hecho la separación entre estos estados artificiales y el estado natural. Esperando que lo sea, se ha reducido a notaciones cualitativas: las algas que se instalan desde el momento en que el fondo no les resulta demasiado móvil, frenan la corriente y contrarrestan las remociones de los aluviones durante las crecidas. Los bosquecillos de sauces que se desarrollan sobre los bancos de gravas favorecen, durante la crecida siguiente, la formación de barreras cuando la corriente no es suficientemente fuerte para transportarlas. En Francia, las grandes crecidas recientes han mostrado que el

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