Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb Biografía del autor




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Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb



Biografía del autor



Eduardo Mendoza: Nació en 1943 en Barcelona y residió muchos años en Nueva York como traductor de Naciones Unidas. En 1975 publicó su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, que obtuvo el Premio de la Critica y un gran éxito entre los lectores al ofrecer un amplio panorama de la Barcelona de principios de siglo. Siguieron El misterio de la cripta embrujada (1978) y El laberinto de las aceitunas (1982), de carácter humorístico y dentro de un genero emparentado con las novelas policiacas. En La ciudad de los prodigios (1986) realiza otra amplia crónica de la Barcelona desde 1888 a 1926. La isla inaudita (1989) es una novela ambientada en una Venecia de carácter insólito y, al tiempo, cotidiano. Sin noticias de Gurb (1991) apareció primero como folletín en la prensa diaria. Otras novelas suyas más recientes son El año del diluvio (1992) y Una comedia ligera (1996). También ha publicado un libro sobre Nueva York (1988) y una obra teatral en catalán, Restauración.

Es un escritor y novelista español de gran proyección internacional al que se considera uno de los principales iniciadores de la narrativa española más actual dentro de un estilo de corte tradicional.

Descripcion de los personajes.
El protagonista: es un ser extraterrestre, es tímido, no le gusta llamar la atención, pero eso le resulta un poco difícil porque cada vez que se transforma lo hace en un personaje famoso.
Su amigo Gurb: es muy diferente a él. Es decidido, no le hace falta nadie para poder sobrevivir, tiene mucho carácter y tiene muy poco aprecio por el protagonista porque al final lo deja tirado.
Su vecina: es una mujer joven con un hijo esta separada. El protagonista esta enamorado de ella, pero ella ni se interesa por un momento en él.
El señor Joaquín y la señora Mercedes: los dueños del bar donde va mucho el protagonista, son una pareja de avanzada edad y con problemas de salud. Son muy agradables y trabajadores.
La portera del bloque: es una mujer con poco dinero, trabajadora e intenta mantener el orden y la calma en el edificio. Tiene mucho carácter.

Sin noticias de Gurb



Eduardo Mendoza

Diseño: Winfried Bährle

Ilustraciones: Marc Taeger
Circulo de lectores, S. A.

Valencia, 344, 08009 - Barcelona

357929028642
Licencia editorial para Círculo de lectores

por cortesía del autor.


© 1990, Eduardo Mendoza
Depósito legal: B. 41710 - 1991

Fotocomposición: gama, s.a., Barcelona

Impresión y encuadernación: Printer industria gráfica, s.a.

N. II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicenç dels Horts

Barcelona, 1992. Printed in Spain

ISBE 84-226-3905-X

Nº 32144



NOTA DEL AUTOR

Aunque tiene muchos elementos en común con El misterio de la cripta embrujada y con su continuación, El laberinto de las aceitunas, ambos publicados con anterioridad, Sin noticias de Gurb es sin duda el libro más excéntrico de cuantos he escrito, probablemente porque no es en rigor un libro, o no nació con la voluntad de serlo. Mi amigo Xavier Vidal-Folch, entonces director en Cataluña del diario El País, solía proponerme una o dos veces al año que le escribiera algo para su periódico, a lo que yo sistemáticamente me negaba, porque siempre he sentido un miedo cerval ante el elemento más característico del periodismo: el inapelable plazo de entrega. Escribo con mucha lentitud y me ha sucedido más de una vez acabar un libro y volverlo a empezar desde la primera frase porque no me gustaba el resultado, con el retraso fácilmente imaginable. Es éste un privilegio al que siempre me he propuesto no renunciar, pero al que he renunciado en más de una ocasión, sin que pueda justificar qué me impulsó a hacerlo; tal vez un insensato afán de ponerme a prueba. Y siempre que he obrado así, en contra de mi propio parecer, las consecuencias han sido peores de lo que yo había temido. Sea como sea, en una ocasión como tantas otras, la incitación de Vidal-Folch me encontró mejor predispuesto, o quizá sin nada entre manos, y le prometí, como mínimo, pensar en el asunto.

Muchos años antes, en Nueva York, durante uno de esos largos períodos de sequía literaria que experimentamos todos los escritores, había empezado a escribir una obra de ciencia ficción en tono humorístico, sin propósito alguno, más por la necesidad de emborronar papel que por otra razón. No soy aficionado al género de la ciencia ficción; a decir verdad, lo detesto. En cambio me gustan las películas de ciencia ficción (aunque suelen acabar, como las propias novelas, incurriendo en el esoterismo, el milenarismo y otras variantes de la frivolidad) y cuando me puse a escribir aquella fábula acababa de ver una cuyo argumento no había entendido, pero cuyas imágenes me habían producido una gran satisfacción. Supongo que fueron estas imágenes las que me impulsaron a imaginar aquella historieta, cuyo argumento, por lo demás es muy poco original, estaba más emparentado con las fábulas morales del siglo XVIII (por ejemplo con los viajes de Gulliver) que con las auténticas novelas de ciencia ficción: un viajero espacial, a su regreso de la Tierra, refería a sus amigos las cosas raras que había visto en el curso de sus viajes, ante el estupor de aquéllos, que durante la ausencia del viajero habían seguido desempeñando trabajos rutinarios y llevando una vida de lo más monótona y convencional. El impulso se agostó pronto y el relato quedó interrumpido en la página veinte, o poco más, que es, según tengo experimentado, donde quedan interrumpidos casi todos los relatos, para desmoralización de quien los había emprendido rebosante de entusiasmo. Ahora, comprometido a escribir una historia que pudiera fraccionarse en entregas y que tuviera una estructura suficientemente maleable, desempolvé aquella antigua fábula y le di la vuelta.

Barcelona se encontraba entonces en una situación insólita: la inminencia de los Juegos Olímpicos había puesto la ciudad patas arriba, pero el talante de los ciudadanos, pese a todos los inconvenientes, era jovial y expectante. Y como siempre que algo altera la monotonía, la picaresca asomaba el hocico por todos los rincones.

Acotado el escenario, decidido el personaje (una vez más, sin nombre) y trazado el embrión de una leve peripecia (buscar a su compañero, Gurb), di con una técnica narrativa que me había de facilitar enormemente la tarea: la división del tiempo narrativo en fracciones mínimas. A partir de ahí no tuve más que ir aprovechando lo que el azar me ponía delante de los ojos: una churrería próxima a mi casa me sugirió la desmedida afición del extraterrestre por los churros; las noticias que iban apareciendo en la prensa diaria, otras tantas situaciones o comentarios.

De este modo cumplí con mi compromiso, pero no si sufrimiento: acabé escribiendo contrarreloj y las últimas entregas las fui enviando al periódico de hoja en hoja. Al final me sentí muy orgulloso de haber salido con bien del trance, pero apesadumbrado por haber tenido que escribir sin reflexión y que publicar sin revisión. Más tarde, cuando el relato apareció en forma de libro, introduje algunos cambios, muy pocos. La verdad es que cuando me propusieron reagrupar los distintos fragmentos del relato y publicarlo en forma de libro no mostré el menor interés. Desde el punto de vista personal, consideraba terminada la aventura, como me sucede siempre que acabo un libro, y desde el punto de vista comercial, no creía que nadie fuera a comprar un relato que había salido pocos meses antes en un periódico de gran tirada y que, por otra parte, trataba de cosas muy específicas de la vida local en un momento muy singular, irrepetible e intransferible. Naturalmente, me equivoqué. Sin noticias de Gurb es quizá el libro mío que más se ha vendido. También ha sido traducido a varios idiomas, cosa aún más sorprendente.

Visto ahora, después de transcurridos unos años desde su aparición, la razón del éxito es fácil de explicar, al menos en parte: es un libro breve y sumamente fácil de leer. Dudo que exista en toda la historia de la literatura reciente un libro más fácil de leer, por la sencilla razón de que está escrito en un lenguaje coloquial, su contenido es ligero y las partes que lo integran tienen una extensión de muy pocos renglones. También es un libro alegre, como lo fueron las circunstancias en que fue escrito: una primavera llena de promesas. A diferencia de lo que ocurre con los otros relatos de humor que he publicado (El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, a los que me he referido antes) en éste no hay una sola sombra de melancolía. Es una mirada sobre el mundo asombrada, un punto desamparada, pero sin asomo de tragedia ni de censura. A esto contribuyó el hecho de haberlo escrito pensando en que tendría una vida efímera, que se iría esfumando de día en día, y de que por lo tanto no había de tener más entidad que una charla de amigotes.
Eduardo Mendoza

Barcelona, febrero de 1999
DÍA 9

0.01 (hora local) Aterrizaje efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el momento del amaraje: 4 de la escala Bajo-U 1 0 9 de la escala Molina-Calvo. Cubicaje: AZ-0.3.

Lugar de aterrizaje: 63 Ω (IIβ) 28476394783639473937492749.

Denominación local del lugar de aterrizaje: Sardanyola.


07.00 Cumpliendo órdenes (mías) Gurb se prepara para tomar contacto con las formas de vida (reales y potenciales) de la zona. Como viajamos bajo forma acorpórea (inteligencia pura-factor analítico 4800), dispongo que adopte cuerpo análogo al de los habitantes de la zona. Objetivo: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial). Consultado el Catálogo Astral Terrestre Indicativo de Formas Asimilables (CATIFA) elijo para Gurb la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez.
07.15 Gurb abandona la nave por la escotilla 4. Tiempo despejado con ligeros vientos de componente sur; temperatura, 15 grados centígrados; humedad relativa, 56 por ciento; estado de la mar, llana.
07.21 Primer contacto con habitante de la zona. Datos recibidos por Gurb: Tamaño del ente individualizado, 170 centímetros; perímetro craneal 57 centímetros; número de ojos, dos; longitud del rabo, 0.00 centímetros (carece de él). El ente se comunica mediante un lenguaje de gran simplicidad estructural, pero de muy compleja sonorización, pues debe articularse mediante el uso de órganos internos. Conceptualización escasísima. Denominación del ente, Lluc Puig i Roig (probable recepción defectuosa o incompleta). Fundación biológica del ente: profesor encargado de cátedra (dedicación exclusiva) en la Universidad Autónoma de Bellaterra. Nivel de mansedumbre, bajo. Dispone de medio de transporte de gran simplicidad estructural, pero de muy complicado manejo denominado Ford Fiesta.


07.23 Gurb es invitado por el ente a subir a su medio de transporte. Pide instrucciones. Le ordeno que acepte el ofrecimiento. Objetivo fundamental: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial).
07.30 Sin noticias de Gurb.
08.00 Sin noticias de Gurb.
09.00 Sin noticias de Gurb.
12.30 Sin noticias de Gurb.
20.30 Sin noticias de Gurb.

DÍA 10

07.00 Decido salir en busca de Gurb.

Antes de salir oculto la nave para evitar reconocimiento e inspección de la misma por parte de la fauna autóctona. Consultado el Catálogo Astral, decido transformar la nave en cuerpo terrestre denominado vivienda unifamiliar adosada, calef. 3 dorm. 2 bñs. Terraza. Piscina comunit. 2 plzs. Pkng. Máximas facilidades.
07.30 Decido adoptar la apariencia de ente humano individualizado. Consultado Catálogo, elijo el conde-duque de Olivares.
07.45 En lugar de abandonar la nave por la escotilla (ahora transformada en puerta de cuarterones de gran simplicidad estructural, pero de muy difícil manejo), opto por naturalizarme allí donde la concentración de entes individualizados es más densa, con objeto de no llamar la atención.
08.00 Me naturalizo en lugar denominado Diagonal-Paseo de Gracia. Soy arrollado por autobús número 17 Barceloneta-Vall d’Hebrón. Debo recuperar la cabeza, que ha salido rodando de resultas de la colisión. Operación dificultosa por la afluencia de vehículos.


08.01 Arrollado por un Opel Corsa.


08.02 Arrollado por una furgoneta de reparto.
08.03 Arrollado por un taxi.
08.04 Recupero la cabeza y la lavo en una fuente pública situada a pocos metros del lugar de la colisión. Aprovecho la oportunidad para analizar la composición del agua de la zona: hidrógeno, oxígeno y caca.
08.15 Debido a la alta densidad de entes individualizados, tal vez resulte algo difícil localizar a Gurb a simple vista, pero me resisto a establecer contacto sensorial, porque ignoro las consecuencias que ello podría tener para el equilibrio ecológico de la zona y, en consecuencia, para sus habitantes.

Los seres humanos son cosas de tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor estatura. Los más altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato sorprendente es que cuando yacen estirados continúan midiendo exactamente lo mismo. Algunos llevan bigote; otros barba y bigote. Casi todos tienen dos ojos, que pueden estar situados en la parte anterior o posterior de la cara, según se les mire. Al andar se desplazan de atrás a adelante, para lo cual deben contrarrestar el movimiento de las piernas con un vigoroso braceo. Los más apremiados refuerzan el braceo por mediación de carteras de piel o plástico o de unos maletines denominados Samsonite, hechos de un material procedente de otro planeta. El sistema de desplazamiento de los automóviles (cuatro ruedas pareadas rellenas de aire fétido) es más racional, y permite alcanzar mayores velocidades. No debo volar ni andar sobre la coronilla si no quiero ser tenido por excéntrico. Nota: mantener siempre en contacto con el suelo un pie —cualquiera de los dos sirve— o el órgano externo denominado culo.


11.00 Llevo casi tres horas esperando ver pasar a Gurb. Espera inútil. El flujo de seres humanos en este punto de la ciudad no decrece. Antes al contrario. Calculo que las probabilidades de que Gurb pase por aquí sin que yo lo vea son del orden de setenta y tres contra una. A este cálculo, sin embargo, hay que añadir dos variables: a) que Gurb no pase por aquí, b) que Gurb pase por aquí, pero habiendo modificado su apariencia externa. En este caso, las probabilidades de no ser visto por mí alcanzarían los nueve trillones contra una.
12.00 La hora del ángelus. Me recojo unos instantes, confiando en que Gurb no vaya a pasar precisamente ahora por delante de mí.
13.00 La posición erecta a que llevo sometido el cuerpo desde hace cinco horas empieza a resultarme fatigosa. Al entumecimiento muscular se une el esfuerzo continuo que debo hacer para inspirar y espirar el aire. Una vez que he olvidado hacerlo por más de cinco minutos, la cara se me ha puesto de color morado y los ojos me han salido disparados de las órbitas, debiendo ir a recogerlos nuevamente bajo las ruedas de los coches. A este paso, acabaré por llamar la atención. Parece ser que los seres humanos inspiran y expiran el aire de un modo automático, que ellos llaman respirar. Este automatismo, que repugna a cualquier ser civilizado y que consigno aquí por razonas puramente científicas, lo aplican los humanos no sólo a la respiración, sino a muchas funciones corporales, como la circulación de la sangre, la digestión, el parpadeo —que a diferencia de las dos funciones antes citadas, puede ser controlado a voluntad, en cuyo caso se llama guiño—, el crecimiento de las uñas, etcétera. Hasta tal punto dependen los humanos del funcionamiento automático de sus órganos (y organismos), que se harían encima cosas feas si de niños no se les enseñara a subordinar la naturaleza al decoro.


14.00 He llegado al límite de mi resistencia física. Descanso apoyando ambas rodillas en el suelo y doblando la pierna izquierda hacia atrás y la pierna derecha hacia delante. Al verme en esta postura, una señora me da una moneda de pesetas veinticinco, que ingiero de inmediato para no parecer descortés. Temperatura, 20 grados centígrados; humedad relativa, 64 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, llana.
14.30 La densidad del tráfico rodado y andado disminuye ligeramente. Todavía sin noticias de Gurb. Aun a riesgo de alterar el precario equilibrio ecológico del planeta, decido establecer contacto sensorial. Aprovechando que no pasa ningún autobús, pongo la mente en blanco y emito ondas en frecuencia H76420ba1400009, que voy elevando hasta H76420ba1400010.

Al segundo intento recibo una señal débil al principio, más clara luego. Descodifico la señal, que parece provenir de dos puntos distintos, aunque muy próximos entre sí respecto del eje de la Tierra. Texto de la señal (descodificado):

¿Desde dónde nos llama, señora Cargols?

Desde Sant Joan Despí.

¿Desde dónde dice?

Desde Sant Joan Despí. Desde Sant Joan Despí. ¿Qué no me oye?

Parece que tenemos un pequeño problema de recepción en la emisora, señora Cargols. ¿Nos oye usted bien?

¿Cómo dice?

Digo que si nos oye bien. ¿Señora Cargols?

Diga, diga. Yo le escucho muy bien.

¿Me oye, señora Cargols?

Muy bien. Yo muy bien.

¿Y desde dónde nos llama, señora Cargols?

Desde Sant Joan Despí.

Desde Sant Joan Despí. ¿Y nos oye bien desde Sant Joan Despí, señora Cargols?

Yo le escucho muy bien. Y usted, ¿qué me escucha?

Yo muy bien, señora Cargols. ¿Desde dónde nos llama?

Me temo que va a ser más difícil de lo que yo suponía localizar a Gurb.


15.00 Decido recorrer sistemáticamente la ciudad en lugar de permanecer en un sitio fijo. Con ello disminuyo las probabilidades de no encontrar a Gurb en un trillón, pese a lo cual, el resultado sigue siendo incierto. Camino siguiendo el plano heliográfico que he incorporado a mis circuitos internos al salir de la nave. Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Catalana de gas.
15.02 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Hidroeléctrica de Cataluña.
15.03 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía de Aguas de Barcelona.
15.04 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Telefónica Nacional.
15.05 Me caigo en una zanja abierta por la asociación de vecinos de la calle Córcega.
15.06 Decido prescindir del plano heliográfico ideal y caminar mirando dónde piso.
19.00 Llevo cuatro horas caminando. No sé dónde estoy y las piernas no me sostienen. La ciudad es enorme; el gentío, constante; el ruido, mucho. Me extraña no encontrar los monumentos habituales, como el Cenotafio de la Beata Madre Pilar, que podrían servirme de referencia. He parado a un peatón que parecía poseer un nivel de mansedumbre alto y le he preguntado dónde podría encontrar a una persona extraviada. Me ha preguntado qué edad tenía esa persona. Al contestarle que seis mil quinientos trece años, me ha sugerido que la buscara en El Corte Inglés. Lo peor es tener que respirar este aire inficionado de partículas suculentas. Es sabido que en algunas zonas urbanas la densidad del aire es tal, que sus habitantes lo introducen en fundas y lo exportan bajo la denominación de morcillas. Tengo los ojos irritados, la nariz obstruida, la boca seca. ¡Cuánto mejor se está en Sardanyola!
20.30 Con la puesta del sol las condiciones atmosféricas habrían mejorado bastante si a los seres humanos no se les hubiera ocurrido encender las farolas. Parece que ellos las necesitan para poder seguir en la calle, porque los seres humanos, no obstante ser la mayoría de fisonomía ruda y hasta abiertamente fea, no pueden vivir sin verse los unos a los otros. También los coches han encendido sus faros y se agreden con ellos. Temperatura, 17 grados centígrados; humedad relativa, 62 por ciento; vientos flojos del sudoeste; estado de la mar, rizada.
21.30 Basta. No puedo dar un paso más. Mi deterioro físico es considerable. Se me ha caído un brazo, una pierna y las dos orejas y la lengua me cuelgan tanto que he tenido que atarla al cinturón, porque ya me llevo comidas cuatro plastas de perro y un número indeterminado de colillas. En estas condiciones, es mejor aplazar hasta mañana las pesquisas. Me escondo debajo de un camión aparcado, me desintegro y me naturalizo en la nave.
21.45 Recargo energético.
21.50 Me pongo el pijama. La ausencia de Gurb pesa en mi ánimo. Después de pasar juntos todas las veladas desde hace ochocientos años, no sé cómo matar las horas que preceden al sueño. Podría ver la televisión local o leer una entrega de las aventuras de Lolita Galaxia, pero no tengo ganas. No me explico la ausencia de Gurb, y menos aún su silencio. Nunca he sido un jefe intransigente. Siempre he dejado a la tripulación, es decir, a Gurb, plena libertad para entrar y salir a su antojo (en horas de permiso), pero si no va a venir o sabe que va a llegar tarde, lo menos que podía hacer, por consideración, era avisar.

DÍA 11

08.00 Todavía sin noticias de Gurb. Intento de nuevo establecer contacto sensorial. Percibo la voz colérica de un individuo que en nombre de los ciudadanos de a pie, cuya representación ostenta, exigen plena responsabilidad a un tal Guerra. Renuncio al contacto sensorial.


08.30 Abandono la nave y convertido en somormujo echo un vistazo a la región desde el aire.
09.30 Doy por concluida la operación y regreso a la nave. Si las ciudades son tortuosas e irracionales en su concepción, del campo que las rodea es mejor no hablar. Ahí nada es regular ni llano, sino al contrario, como hecho adrede para obstaculizar su uso. El trazado de la costa, a vista de pájaro, se diría la obra de un demente.
09.45 Después de un examen detenido del plano de la ciudad (versión cartográfica de doble eje elíptico), decido proseguir la búsqueda de Gurb en una zona periférica de la misma habitada por una variante humana denominada pobres. Como el Catálogo Astral les atribuye un índice de mansedumbre algo inferior al de la variante denominada ricos y muy inferior al de la variante denominada clase media, opto por la apariencia del ente individualizado denominado Gary Cooper.
10.00 Me naturalizo en una calle aparentemente desierta del barrio de Sant Cosme. Dudo que Gurb haya venido a instalarse aquí por propia voluntad, aunque nunca ha brillado por sus luces.
10.01 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan la cartera.
10.02 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan las pistolas y la estrella de sheriff.
10.03 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan el chaleco, la camisa y los pantalones.
10.04 Un grupo de mozalbetes provistos de navajas me quitan las botas, las espuelas y la armónica.
10.10 Un coche-patrulla de la policía nacional se detiene a mi lado. Desciende un miembro de la policía nacional, me informa de los derechos constitucionales que me asisten, me pone las esposas y me mete en el coche-patrulla de un capón. Temperatura, 21 grados centígrados; humedad relativa, 75 por ciento; viento racheado de componente sur; estado de la mar, marejadilla.
10.30 Ingreso en el calabozo de una comisaría. En el mismo calabozo hay un individuo de porte astroso al que me presento y pongo al corriente de las vicisitudes que han dado conmigo en aquel lugar inicuo.
10.45 Disipada la desconfianza inicial que los seres humanos sienten por todos sus congéneres sin excepción, el individuo con quien la suerte me ha unido decide entablar diálogo conmigo. Me entrega su tarjeta de visita que dice así:
JETULIO PENCAS

Agente mendicante

Se echa el tarot, se toca el violín, se da pena

Servicio callejero y a domicilio


10.50 Mi nuevo amigo me cuenta que lo han trincado por error, porque él en su vida ha abierto un coche para llevarse nada, que pidiendo se gana la vida muy bien y muy honradamente, y que los polvos que la policía le decomisó no son lo que dicen ellos que son, sino las cenizas de su difunto padre, que Dios tenga en su gloria, que precisamente ese día se proponía aventar sobre la ciudad desde el Mirador del Alcalde. A continuación añade que todo lo que acaba de contarme, sobre ser mentira, no le servirá de nada, porque la justicia en este país está podrida, por lo cual, sin pruebas ni testigos, sólo por la pinta que tenemos los dos, a buen seguro nos mandan al talego, de donde saldremos ambos con sida y con pulgas. Le digo que no entiendo nada y me responde que no hay nada que entender, me llama macho y añade que la vida es así y que la madre de un cordero es que la riqueza en este país está muy mal repartida. A modo de ejemplo cita el caso de un individuo, cuyo nombre no retengo, que se ha hecho un chalet con veintidós retretes, y agrega que ojalá le sobrevengan cagarrinas a dicho sujeto y los encuentre todos ocupados. A continuación se sube encima de un catre y proclama que cuando vengan los suyos (¿sus retretes?) obligará al citado individuo a hacer sus deposiciones en el gallinero y repartirá los veintidós retretes entre otras tantas familias acogidas al subsidio de paro. De este modo, sigue diciendo, tendrán con qué entretenerse hasta que les den un puesto de trabajo, como prometieron hacer. A continuación se cae del catre y se abre la cabeza.
11.30 Un miembro de la policía nacional distinto del miembro antes citado abre la puerta del calabozo y nos ordena seguirle con el objeto aparente de comparecer ante el señor comisario. Amedrentado por las admoniciones de mi nuevo amigo, decido adoptar una apariencia más respetable y me transformo en don José Ortega y Gasset. Por solidaridad transformo a mi nuevo amigo en don Miguel de Unamuno.
11.35 Comparecemos ante el señor comisario, el cual nos examina de arriba abajo, se rasca la cabeza, declara no querer complicarse la vida y ordena que nos pongan en la calle.
11.40 Mi nuevo amigo y yo nos despedimos a la puerta de la comisaría. Antes de separarnos, mi nuevo amigo me ruega le devuelva su apariencia original, porque con esta pinta no le va a dar limosna ni Dios, aunque se ponga unas pústulas adhesivas que le dan un aspecto realmente estomagante. Hago lo que me pide y se va.
11.45 Reanudo mis pesquisas.
14.30 Todavía sin noticias de Gurb. A imitación de las personas que me rodean, decido comer. Como todos los establecimientos están cerrados, menos unos que se denominan restaurantes, deduzco que es ahí donde se sirven comidas. Olisqueo las basuras que rodean la entrada de varios restaurantes hasta dar con una que despierta mi apetito.
14.45 Entro en el restaurante y un caballero vestido de negro me pregunta con displicencia si por ventura tengo hecha reserva. Le respondo que no, pero que me estoy haciendo un chalet con veintidós retretes. Soy conducido en volandas a una mesa engalanada con un ramo de flores, que ingiero para no parecer descortés. Me dan la carta (sin codificar), la leo y pido jamón, melón con jamón y melón. Me preguntan qué voy a beber. Para no llamar la atención, pido el líquido más común entre los seres humanos: orines.
16.15 Me tomo un café. La casa me obsequia con una copa de licor de pera. A continuación me traen la cuenta, que asciende a pesetas seis mil ochocientas treinta y cuatro. No tengo un duro.
16.35 Me fumo un Montecristo del número dos (2) mientras pienso cómo salir de este aprieto. Podría desintegrarme, pero rechazo la idea porque a) eso podría llamar la atención de camareros y comensales y b) no sería justo que sufriese las consecuencias de mi imprevisión una gente tan amable, que me ha invitado a una copa de licor de pera.
16.40 Pretextando haber olvidado algo en el coche, salgo a la calle, entro en un estanco y adquiero boletos y cupones de los múltiples sistemas de lotería que allí se expenden.
16.45 Manipulando las cifras por medio de fórmulas elementales, obtengo la suma de pesetas ciento veintidós millones. Regreso al restaurante, abono la cuenta y dejo cien millones de propina.
16.55 Reanudo la búsqueda de Gurb por el único método que conozco: patearme las calles.
20.00 De tanto caminar, los zapatos echan humo. De uno de ellos se ha desprendido el tacón, lo que imprime a mi paso un contoneo tan ridículo como fatigoso. Los arrojo de mí, entro en una tienda y con el dinero que me ha sobrado del restaurante me compro un nuevo par de zapatos menos cómodos que los anteriores, pero hechos de un material muy resistente. Provisto de esos nuevos zapatos, denominados esquís, inicio el recorrido del barrio de Pedralbes.
21.00 Concluyo el recorrido del barrio de Pedralbes sin haber encontrado a Gurb, pero muy gratamente impresionado por lo elegante de sus casas, lo recoleto de sus calles, lo lozano de su césped y lo lleno de sus piscinas. No sé por qué algunas personas prefieren habitar en barrios como San Cosme, de triste recuerdo, pudiendo hacerlo en barrios como Pedralbes. Es posible que no se trate tanto de una cuestión de preferencias como de dinero.

Según parece, los seres humanos se dividen, entre otras categorías, en ricos y pobres. Es ésta una división a la que ellos conceden gran importancia, sin que se sepa por qué. La diferencia fundamental entre los ricos y los pobres parece ser ésta: que los ricos, allí donde van, no pagan, por más que adquieran o consuman lo que se les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar. La exención de que gozan los ricos puede venirles de antiguo o haber sido obtenida recientemente, o ser transitoria, o ser fingida; en resumidas cuentas, lo mismo da. Desde el punto de vista estadístico, parece demostrado que los ricos viven más y mejor que los pobres, que son más altos, más sanos y más guapos, que se divierten más, viajan a lugares más exóticos, reciben mejor educación, trabajan menos, se rodean de mayores comodidades, tienen más ropa, sobre todo de entretiempo, son mejor atendidos en la enfermedad, son enterrados con más boato y son recordados por más tiempo. También tienen más probabilidades de salir retratados en periódicos, revistas y almanaques.


21.30 Decido regresar a la nave. Me desintegro ante la puerta del Monasterio de Pedralbes, con gran sorpresa de la reverenda madre que en aquel preciso momento salía a sacar la basura.
22.00 Recarga de energía. Me dispongo a pasar otra velada en solitario. Leo una entrega de Lolita Galaxia, pero esta lectura, tantas veces hecha en compañía de Gurb, a quien siempre debía explicar los pasajes más picantes, porque a bobalicón no había quien le ganara, en lugar de distraerme, me entristece.
22.30 Harto de dar vueltas por la nave, decido retirarme. Hoy ha sido un día cansado. Me pongo el pijama, rezo mis oraciones y me acuesto.
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