Antropología biológica y física, y evolución humana dr. Michael J. Walker




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El análisis de la curva del crecimiento humano

El análisis matemático de las curvas del crecimiento en animales ha interesado a biofísicos desde las primeras transformaciones matemáticas de la morfología por D'Arcy Thompson al principio del siglo XX. Como nos señala Barry Bogin (Patterns of Human Growth, 1988, Cambridge University Press), dicho interés tiene cierta relación con teorías sobre las relaciones interespecíficas sugeridas por la embriología comparativa. Una es la de la neotenía, que pretende que la posibilidad de que una especie de morfología pedomórfica -- o sea, más similar a las formas infantiles que adultas de otra -tuviera orígen en un cambio heredado del crecimiento de aquélla. Dada cierta similitud entre algunos aspectos -- especialmente de la cabeza- de formas infantiles de chimpancé y gorila, cabe la posibilidad de que el orígen de nuestra especie estuviese en la evolución por la neotenía de un gran simio fósil similar al chimpancé o gorila.


La curva general del crecimiento en los animales tiene la forma de una S inclinada a la derecha, similar a la curva logística para la multiplicación celular en vías de desceleración, que podría darse por la Ecuación Logística: Peso= a/(1+be-kt).
Otra función matemática empleada en el análisis del crecimiento es la Función de Gompertz: Peso = ae-be-kt. Esta función es útil en el estudio de la multiplicación celular de tipología específica por lo que se emplea en experimentos de laboratorio, pero no ofrece una visión global de la complicada curva del crecimiento humano hasta el logro de la madurez adulta.
La parte de la curva entre los 12 meses y 7 a 10 años de edad se aproxima a la expresión logarítmica: y = a + bt + clogt.
Después de la niñez, la curva del crecimiento humano de aproxima a aquella correspondiente a un incremento de la velocidad del valor de la anterior: Y = ky + q.
El estirón adolescente, por otra parte, corresponde a una expresión logística complicada del tipo: x = v + 10e-pB.e-r en la cual v, p y r son constantes y B es un constante que incluye, además, un componente temporal. Estas formulaciones fueron ofrecidos por Count ya en 1943.
Como nos explica Bogin, el problema intelectual a comprender es el de cómo modelar la transición entre las distintas partes del ciclo del crecimiento humano. Bogin presenta una respuesta ofrecida en 1978 por Preece y Baines, basada en la premisa de que la tasa del crecimiento sea proporcional a la diferencia en cualquier momento anterior a la madurez adulta y la talla madura adulta, lo que quiere decir que la tasa del crecimiento sea una función de la edad cronológica, que a la vez permite que la tasa del crecimiento aumente o decrezca durante cualquier período del ciclo. La expresión derivada de ecuaciones diferenciales es

h = (h1-2(h1-hc))/(eso(t-c)+es1(t-c)),


en la cual h = talla en momento t, h1 = talla adulta final; so y s1 son constantes de velocidad; c = constante temporal; hc = talla cuando t=c. Para esta fórmula, los datos son tomados empíricamente, lo que produce un resultado más bien de valor medio para las poblaciones medidas, y hace difícil, como comenta Bogin, que el modelo matemático explique patrones de crecimiento anómalo.
En este contexto, Bogin nos recuerda que Count había comentado que la primera de sus expresiones permitiría el logro de las dimensiones adultas durante un período bastante más largo que él del ciclo del crecimiento humano, por lo que dedujo que el estirón adolescente sirve de llevar el chico a la madurez en una fecha anterior y acabar así con el incremento de su talla. Bogin comenta que es interesante reflexionar sobre el hecho de que la chica llega a la madurez morfológica antes de la reproductora, y el chico al contrario, y que estos aspectos diferenciados sexualmente sirven de ayudar a los jóvenes a aprender los demás aspectos necesarios para la reproducción exitosa, tanto económicos como sociales y psicológicos.
La relación entre la etapa prepubertal y pubertal del ciclo del crecimiento humano es especialmente interesante en este contexto de la diferenciación cronológica entre las curvas de chicos y chicas. Bogin nos presenta tres modelos teóricos diferentes:

(1) el de apagamiento ("switch-off") de Stuztle et al. de 1980 (citado por Bogin), que da una expresión que se adecüa a las observaciones de que jóvenes que maduran temprano tienden a mostrar una velocidad de crecimiento máxima, y vice versa;

(2) el modelo de Tanner que explica la desceleración del crecimiento del niño por la disminución de la desproporción entre el tamaño alcanzable y el alcanzado, mediatizado por una substancia inhibidora del crecimiento, seguida por una segunda curva similar adolescentes;

(3) el modelo topológico de Bogin, desprendida de la teoría matemática de catástrofes.


Este modelo de Bogin invoca las teorías de las matemáticas de procesos no lineales que se afrontan a problemas de cambios abruptos de estado. En resumidas cuentas, Bogin pretende flexibilizar el modelo de Tanner para así explicar la diversidad patente en el ciclo del crecimiento humano, por considerar las distintas fases del mismo desde la perspectiva de un modelo no bidimensional sino tridimensional y en vías de cambio o flujo contínuo. El estirón adolescente así considerado se parece menos a un pico que a un pliegue movidizo y variable, según la incidencia cambiante de diversos mecanismos endocrinos de retroalimentación recíproca.
Bogin considera que para el estirón adolescente es fundamental el papel de la hormona liberadora de la gonadotropina, a la que atribuye un papel mediante un mecanismo de retroalimentación negativa de gran sensibilidad durante el crecimiento del niño. La hormona liberadora de la gonadotropina (GnRH) es segregada en el eje hipotalámico-pituitario, incluso en niños con ausencia congénita de gónadas. Su producción podría ser variada según la sensibilidad hipotalámica para los peptidos opíatos (similares a la morfina), aunque estos no parecen ser los inhibidores. De todas formas, cabe la posibilidad de que cierta variación neuroendocrina podría ser la causa originaria de todos los cambios morfológicos durante el crecimiento. La GnRH refrena la segregación pituitaria tanto de la hormona estimuladora de los folículos del ovario (FSH) como la hormona luteinizante (LH). La sensibilidad hipotalámica a los niveles sanguíneos de las hormonas gonadales disminuye en cuanto avance el período prepubertal. La retroalimentación negativa que ha caracterizado dicha fase da lugar a un incremento de la producción de la GnRH y consiguientemente de la gonadotropina y las estrógenas y testosterona en cantidades diferenciadas según el sexo.
El solapamiento de los procesos prepubertales y adolescentes del crecimiento, preconizado por un modelo de un pliegue movidizo por otra parte, se hace patente en nuestra especie por el contraste sexual en la relación del desarrollo del aparato reproductor al de la talla y peso corporales. Es decir, la tasa del desarrollo del uno se ve independiente de la del otro durante el crecimiento de los jóvenes, y cada una pueda ser influida tanto por el sistema prepubertal de control como por el adolescente. En los chicos, el cambio se relaciona con un aumento muy considerable de la producción nocturna de las GnRH, gonadotropina, LH y testosterona. Tal vez en las chicas sucede otra similar con un aumento consiguiente del estradiol y otras hormonas estrógenas. Desde este cambio de estado ("catástrofe"), no se puede volver atrás al mecanismo anterior de la retroalimentación negativa de la GnRH. De aquí en adelante, la retroalimentación será positiva: en los chicos la GnRH muestra un nivel sanguíneo de elevación contínua, responsable de la espermatogénesis contínua, y en las chicas hay una producción pulsátil y cíclica, responsable de la ovulación mensual. En cuanto al crecimiento óseo, debe haber en primer lugar un efecto metafisario estimulador y después otro que cierre el alargamiento metafisiario.
El crecimiento humano y la Evolución Humana

La teoría es atractiva pero hay que decir que su exposición por Bogin ni es cuantitativa ni proporciona expresión algebráica alguna, por lo que es algo difícil relacionarla a las expresiones biomatemáticas que pretendan rendir cuentas del ciclo del crecimiento humano. Por otra parte, desde el punto de vista de la aparición, del estirpe de los grandes simios, de la especie humana, conviene reflexionar sobre cómo fuera el proceso evolutivo del modelo, respecto al ciclo de crecimiento de los demás simios en la actualidad, que llegase a implantar genéticamente en nuestros antecesores homínidos. Como botón de muestra de la escala geocronológica implicada, cabe mencionar que el arrasamiento desigual de las cúspides de los tres molares permanentes, que es un buen indicio del alargamiento del ciclo del crecimiento y que no se ve en los grandes simios, hace acto de presencia, ya hace algo más de 2 millones de años, en pleno Plioceno superior, en los australopitécidos africanos. Puesto que el hábito locomotor bípedo existiese aún en 3,75 millones de años, y que los restos postcraneales de Australopithecus aethiopicus/afarensis/anamensis hace más de 3 millones de años, ponen de relieve la forma humana de los huesos largos de la pierna y del cinturón pélvico, además de la de un brazo relativamente corto respecto a la pierna a diferencia de los grandes simios, no es demasiado atrevido pensar que el alargamiento relativo de la tibia y del fémur tipificara el ciclo del crecimiento de estos homínidos fósiles, lo que supondría que tuviesen un estirón adolescente y, por consiguiente, un ciclo de crecimiento no uniforme en cuanto a la talla, a diferencia de los grandes simios. Dicha reflexión nos obliga a inferir que el cambio del ciclo del crecimiento se estableciera aún antes, en el Plioceno medio - del que el registro fósil no proporciona datos inconfundibles de la existencia de homínidos -, y que tal vez se evolucionara a la medida de la evolución de los cambios esqueléticos necesarios para el bipedalismo y la postura erguida. Por otra parte, la evolución de la talla moderna tardó hasta hace 1,5 millones de años. El descubrimiento del esqueleto de un adolescente similar a un chico de 15 o 16 años hoy en día, en las cercanías del Lago Turkana en África oriental, indica que había ocurrido un cambio significativo con respecto al desarrollo logrado por los australopitécidos e, incluso, Homo habilis. Dicho esqueleto se atribuye a la paleoespecie (o cronoespecie) de Homo erectus, que sería protagonista de la evolución de nuestra especie durante la mayor parte del Pleistoceno y que, con toda probabilidad, fue la única paleoespecie de homínido antiguo responsable, además de capaz, de salir de la Africa oriental y dispersarse por toda Eurasia, donde sobrevivía incluso durante las épocas glaciales hasta aproximadamente hace 250,000 años.


La variabilidad morfológica humana y el crecimiento

Algunos aspectos del crecimiento humano muestran mayor variabilidad que otros. En este contexto, se ha hecho mención de la maduración dentaria. Se dice que entre los kikuyu de Kenia la muela del juicio sale muy temprano, incluso a los 13 años con frecuencia. (Por otra parte, el orden de aparición de las piezas permanentes en el hombre es diferente del de los grandes simios: los caninos del chimpancé aparecen después del segundo molar, al contrario del orden humano, por ejemplo.) Se ha notado también algunas diferencias entre distintas comunidades humanas de la relación cronológica de los rasgos epigámicos al desarrollo del aparato reproductor, de las proporciones entre distintas segmentos de los miembros y entre aquellos y el tronco, e, incluso cuando éstos se asemejen, como en el caso de ciertos grupos africanos de talla muy dispar, de cierta propensidad hacia dicha disparidad incluso en los niños pequeños; siendo estos y otros aspectos de la morfología considerados como en cierto grado influidos por factores de herencia, independientes tanto de la alimentación como de mecanismos genéticos pasajeros como son la endo- y exogamia, la selección sexual (apareamiento sesgado) o la heterosis (= vigor híbrido o selección estabilizante). En el caso de negros africanos en general, la investigación radiológica muestra una velocidad mayor de la osificación durante los primeros años y menor a partir de los 3 años, con respecto a europeos, con el consiguiente alargamiento del período de los huesos largos durante un estirón adolescente sosegado. También se han mencionado diferencias en la proporción de hueso cortical en diferentes comunidades a nivel mundial, a las que se pueden añadir otras de los tejidos blandos (muscular, adiposo) sugeridos por análisis estadísticos multifactoriales.


No es de sorprender que la investigación de gemelos y mellizos ha jugado un papel en el análisis de cuáles sean rasgos morfológicos heredados y cuáles no. Los datos indican que ya a los 12 meses de edad existe una correlación casi completa (si fuera completa, el coeficiente de correlación tendría valor = 1,0) de la talla de parejas de gemelos (monocigóticos), mientras que en mellizos (dicigóticos) la correlación se acerca al coeficiente a esperar (valor = 0,5) en personas que pueden compartir un promedio del 50% de sus genes. A los 8 años de edad, el logro de la misma talla por parejas de gemelos se alcanza con tan sólo 2 meses de diferencia generalmente, cifra que sube a 10 meses en mellizos. Es interesante notar que la morfología de algunos dientes permanentes muestra una asombrosa similitud en gemelos a diferencia de mellizos. En su libro The Basis of Human Evolution, el antropólogo y estomatólogo B.S. Kraus ofrece una lámina de los primeros molares mandibulares de 3 hermanos monocigóticos y de 3 dicigóticos, siendo idénticos los unos y disimilares los otros (fig. 51, pág. 200) (el libro está en la colección personal de M.J.Walker). Esto es un indicio más del fuerte control ejercido sobre el crecimiento humano por la herencia.
Diferencias heredadas del esqueleto entre distintas comunidades humanas

La forma de los dientes adultos denominada la "sondadontia" de melanesios y aborígenes australianos (cuyos antepasados habitaba un continente continuo en época glacial cuando fue expuesta la plataforma continental de Sahul, actualmente sumergida en el Estrecho de Torres que separa Australia de Nueva Guinea, pero que seguramente habían llegado desde el otro lado de la oceánica “Línea de Wallace”, o sea desde la entonces expuesta plataforma continental de Indonesia que sostiene las Islas de la Sonda actualmente) es una forma que ha sido separada de la forma denominada la “sinodontia” de los dientes de chinos, japoneses, indios de América y esquimales, que ofrecen la forma de “pala” de los incisivos y la presencia de molares mandibulares adultos con 3 raíces (véase Christy G.Turner, “Dientes y prehistoria en Asia y América”, Investigación y ciencia, mes de abril de 1989 y republicado en J. Bertrampetit, ed., Orígenes del hombre moderno, Barcelona, Prensa Científica, Libros de Investigación y Ciencia, 1993, pág. 41-48). También suelen haber 4 cúspides en el segundo molar de los sondadontos y 5 en los sinodontos. En los sinodontos puede darse casos del tercer molar en forma de “estaca” (especialmente en esquimales y aleutianos). Christy infiere que hace 20.000 años algunos sondadontos emigrasen al Norte y en China y Mongolia se evolucionaba entre ellos las formas sinodónticas. Desde hace dos milenios los sinodontos han sufrido un aumento demográfica que ha causado una fuerte presión demográfica hacie el Sureste asiático, lo que hace difícil reconocer sondodónticos indígenas en Malasia, Indonesia o Filipinas hoy en día.


La cúspide de Carabelli es una cúspide supernumeraria en la cara mesiolingual del primer molar maxilar permanente, encontrada en entre los 40% y 80% de comunidades europeas (V.M. Carbonell, 1960, "The tubercle of Carabelli in the Kish dentition", Journal of dental research 3O: 124-128). Es casi inexistente en los esquimales americanos e infrecuente en chinos y bantúes, pero algo más frecuentes en japoneses (alrededor del 10%) y en indios americanos oscila entre los 8% y 20%. Por otra parte, asiáticos orientales e indios americanos pueden tener una incidencia elevada de una o dos fosas, o de ranuras, en el lugar correspondiente, frente al tan sólo 11% de europeos. No es claro qué función adaptativa a asignar a la cúspide o tubérculo de Carabelli, por lo que probablemente es mejor atribuirlo, como lo hace Kraus, al componente de un complejo genético pleiotrópico todavía inaclarado. Los incisivos maxilares con forma de pala son frecuentes en comunidades asiáticas orientales e indios americanos, e infrecuentes en europeos y negros africanos. Evidentemente se trata de una expresión heredada aunque la investigación genética no haya podido arrojar luz sobre las características del sistema genético responsable. Se tratan de incisivos con pequeñas aristas que definen los bordes tanto mesial como distal de la cara lingual, dando a la pieza una concavidad lingual como la de una pala.
Por otra parte, como remata Kraus en su libro, la base genética de la calcificación de las cúspides de las piezas permanentes ofrece una enorme variedad, incluso en comunidades endogámicas como la de los apache de White River (Arizona, EE.UU.), cuyos primeros molares mandibulares ofrecen una gama muy variable (Kraus, op. cit., fig. 53, pág. 205). Sin embargo, Kraus enfatiza que antes del proceso calcificador, la forma del gérmen dentario fetal de una pieza permanente determinada es invariante, sea en europeos, negros, o asiáticos orientales e indios americanos. Por otra parte, parece ser que la reducción del número tanto de las cúspides como de las raíces molares se ve con mayor frecuencia entre asiáticos orientales que europeos, a grandes rasgos.
La antropología estomatológica es una rama de la Antropología Física muy trabajada, con una bibliografía inmensa. Un aspecto que ha interesado a muchos investigadores es el del tamaño de las piezas permanentes y su posible relación con un régimen cazador-recolector con abundantes elementos crudos, duros, o fibrosos, puesto que algunos estudios ponen de relieve cierta disminución del tamaño en comunidades sedentarias, productoras de alimentos agropecuarios, durante los últimos milenios. Por otra parte, si es cierto que los aborígenes australianos ostentan las piezas más grandes de las comunidades humanas actuales, también lo es que los lapones las tienen de tamaño muy reducido, pese a su nomadismo depredador de las manadas de renos, muy lejos de la ganadería sedentaria.
Otros aspectos que han llamado la atención a muchos antrópologos es la ausencia congénita y la presencia supernumeraria de piezas dentarias. La ausencia congénita de terceros molares permanentes (la muela del juicio) se da en un homínido muy antiguo del Pleistoceno medio, el de Lantián en China. La frecuencia mayor del defecto se ve en asiáticos orientales hoy en día, además de indios americanos y esquimales. En los europeos, la ausencia se da en un 7 a 20%. En negros africanos y aborígenes de Australia la ausencia es mucho más infrecuente.
La mala oclusión dentaria puede darse cuando los molares terceros aparacen sólo en uno de los maxilares. Esto suele ser el inferior, lo que puede incidir en el hacinamiento de las piezas mandibulares permanentes. El hacinamiento, sobre todo mandibular, parece más frecuente en mujeres que en varones, y no sólo es causado por la ausencia congénita de las muelas de juicio superiores. Otro factor parece ser el desarrollo previo del estirón adolescente en chicas, que incide negativamente en la capacidad para la remodelación ósea a la medida de que las últimas piezas permanentes se calcifiquen y salgan. Por otra parte, hay aspectos genéticos que inciden en el esplancnocráneo.
Por ejemplo, en Asia oriental el aplanamiento vertical de la cara es más acusado que en otras regiones del mundo, y especialmente notable en el Japón. La situación es todo el contrario en Australia donde el prognatismo es mayor que en otros continentes. Este contraste en la orilla occidental del Pacífico ha suscitado inquietudes, de vez en cuando, sobre la trayectoria evolutiva de poblaciones de morfología craneal tan diferente. Hay otras singularidades, además, de la craneología de los aborígenes australianos, entre las que destacan el desarrollo en forma de aleta del trigone del proceso cigomático del frontal, el hundimiento de la raíz nasal, y frecuentemente en varones la presencia de arcos supraciliares fuertes. Tal vez todos sean efectos relacionados con el tamaño y las fuerzas de los músculos masticadores, además de con un neurocráneo de volúmen medio entre 100 y 150cm3 por debajo del medio mundial, aunque tampoco hay que descartar el sesgo genético que podría haberse producido en una población de demografía reducida aislada en la gran isla continental que es Australia, argumento ésto que podría recibir sustento por la disimilitud de los aborígenes de Tasmania, la isla separada del costa sureste australiana desde el comienzo del Holoceno por el ascenso del nivel marino postglacial, puesto que diversos antropólogos han señalado que la craneología de aquellos se asemeja más a la de algunos melanésios que a los demás indígenas de Australia sin que exista la más mínima prueba de una emigración desde Melanesia.
Evidentemente hay comunidades cuyas proporciones corporales son similares pero cuya talla absoluta sea diferente, con la correspondiente repercusión en las dimensiones óseas, como son los altos tutsi y los pigmeos bambuti de la África centro-oriental.
También hay otras comunidades de personas menudas como los bosquimanos surafricanos y ciertas comunidades de los archipiélagos de Asia suroriental y Melanesia -naturalmente, los huesos serán separables de los de otras comunidades de dimensiones superiores, aunque en el caso de huesos prehistóricos su asignación a una comunidad determinada sea normalmente imposible, lo que impide perfilar la trayectoria de la evolución y dispersión humanas, ya que incluso en comunidades de dimensiones normales se dan casos extremos, máxime en las circunstancias endogámicas a que son propensas las comunidades primitivas de demografía exigua- .
Otra dificultad presentada por el análisis osteométrico de esqueletos antiguos es la disparidad de las dimensiones corporales de él desprendidas que debería ser atribuida al dimorfismo sexual, máxime si las chicas fuesen peor alimentadas durante el ciclo del crecimiento como tantas veces sucede respecto a los chicos en comunidades que practican la agricultura de subsistencia mínima, tan necesitada de los brazos fuertes de chicos sanos: la energía gastado por los agricultores varones, que a menudo incluyen jóvenes y niños, ha de ser recompensada con la mejor alimentación para que el ritmo laboral se sostenga. La investigación de la fisiología del crecimiento, pone de relieve que en los adolescentes varones se desarrolla mayor fuerza muscular durante el estirón, que repercute en el agarre, medido por el dinamómetro, bastante más fuerte que en las chicas, además de una reserva alcalina circulatoria superior que, por consiguiente, permite que los procesos de oxidación sean más eficaces y que las reservas energéticas musculares del ácido láctico se protejan más.
A veces, el análisis osteométrico de una necrópolis sugiere una bimodalidad de las dimensiones corporales que supera la separación de los valores medios sexuales de hoy. En el caso de la necrópolis romana de la sede de la Novena Legión romana en York (Eboracum) en Inglaterra, donde la disparidad parece ser mayor que la intersexual para los brigantes nativos de la zona, por lo que se preguntó si los varones no podrían ser legionarios foráneos y sus mujeres lugareñas nativas. En todo caso, hay que expresar con gran cautela cualquier inferencia respecto al dimorfismo sexual, ya que el único hueso capaz de indicar el sexo, sin dejarnos con un porcentaje preocupante de sexos indeterminables o "alofisos", es el hueso coxal pélvico, que no siempre se halla bien conservado en los museos o que no hace acto de presencia en las excavaciones arqueológicas.
De todo esto, se concluye que es sumamente difícil emplear los huesos de un solo esqueleto para demostrar su afiliación con la precisión que se requiere para eligir entre las diferentes hipótesis acerca de la trayectoria evolutiva o dispersiva de las posibles comunidades a las que podría haber pertenecido. La asombrosa movilidad humana es capaz de desbarajar las hipótesis que desde una óptica reduccionista parecerían más verosímiles e, incluso, probables. Por eso, es preferible en la Paleoantropología aquel escepticismo científico del "realismo crítico" (del filósofo de las Ciencias, Sir Karl Popper) que es dirigido a desbancar las hipótesis de trabajo, a diferencia del realismo ingenuo, neopositivista, que se contenta por corroborarlas, o reafirmarlas, con nuevas observaciones acordes con una teoría predilecta, o conjetura, por elegante que sea.
El problema estadístico puede demostrarse así: el hueso "inca" (hueso lambdoideo de la escama occipital) se denomina así porque ocurre con gran frecuencia en los cráneos de los indios americanos. Sin embargo, puede verse en cráneos procedentes de otras comunidades del mundo sin que indique relación genética alguna con los indios americanos de forma directa. Si es, por otra parte, un epifenómeno del pleiotropismo genético, como también podría serlo la cúspide molar supranumeraria de Carabelli por ejemplo, la diferenciación geográfica y demográfica de su incidencia estadística podría significar nada más que el sesgo genético irreversible una vez que la demografía americana fuese aislada del Mundo Viejo cuando la subida del nivel marino inundara el Estrecho de Bering al desaparecer los glaciares continentales hace diez mil años. Por otra parte, si abandonamos la búsqueda de pautas evolutivas, o de trayectorias dispersivas, a partir del estudio de elementos esqueléticos singulares o aislados, y hacemos un esfuerzo de caracterizar comunidades según una aproximación multifactorial, entonces sí se puede vislumbrar algunas agrupaciones y separaciones a través del manejo de la estadística craneométrica multidimensional, aunque ya a escala más bien intercontinental que intracontinental; lo que deja pendiente, muchas veces, la cuestión de la trayectoria precisa de su evolución y dispersión.
En cuanto a poblaciones modernas se refieren, el estudio clásico del catedrático William Howells de Harvard puso de manifiesto, ya sobre el año 1975, que, a grandes rasgos, el análisis estadístico multivariante de la forma craneal reproduce la separación de nuestra especie en grandes zonas continentales o similares (véase W.W. Howells, Skull shapes and the map, Cambridge, Mass.:Harvard University, Papers of the Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Vol. 75, 1989: el libro está en la colección del Área de Antropología Física). También, a escala menor, tanto Howells como Michael Pietrusewsky han podido aplicar técnicas estadísticas para reproducir la expansión de las poblaciones de Oceanía, de forma verosímil.
Otros estudios indican correlaciones interesantes entre ciertos aspectos de la craneología humana y la temperatura ambiental. Estos se arrancaron de valoraciones más o menos inductivistas sobre aspectos del esplancnocráneo, explicables hipotéticamente como posibles adaptaciones al aire frío y seco del desierto polar, supuestamente reafirmados por experimentos en asiáticos nororientales e indios americanos. También se infirió que la braquicefalia, de tan elevada incidencia en Asia oriental (aunque no en los indios) podría facilitar la conservación energética del cerebro en condiciones frías. Recientemente, la estadística multivariante indica la correlación geográfica y demográfica, a nivel mundial, entre la temperatura ambiental y un coeficiente que relaciona el índice cefálico a la talla corporal. Semejantes análisis nos señalan siempre un gradiente clinal que no permite la perfilación de limítrofes discontínuos de supuestas "razas" humanas, bien separadas o separables. Realmente, datos sobre rasgos singulares, como son, por ejemplo, la cúspide de Carabelli o el hueso "inca", también muestran una variabilidad geo-demográfica que impíde su manejo como supuestos indicadores "raciales". Lo que la representación clinal de nuestra especie plantea es un problema científico de envergadura: a saber, cómo distinguir la adaptación morfológica al medio ambiente que sea heredada, de la implantación genética de rasgos morfológicos con incidencia diferenciada en diferentes comunidades a lo largo de la trayectoria evolutiva y de la dispersión humana sobre la faz de la Tierra.
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