Antropología biológica y física, y evolución humana dr. Michael J. Walker




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El orígen de la mente y del lenguaje y la especiación primitiva del Hombre

Otra singularidad humana es la evolución cognogenética en el Hombre de nuestra capacidad de tener una “Teoría de la Mente”, que quiere decir que puedes conjeturar lo que yo estoy pensando o sintiendo -o sea, que tú teorizas que yo tengo una mente similar a la tuya- . Esto supone la facilidad para la autoconsciencia sujetiva (por ekjemplo: “Estoy consciente de estar pensando” o “Estoy consciente de estar al volante del coche”), para la cual el neurocientífico y catedrático de la Universidad de Iowa, Antonio Damasio elabora la hipótesis del “Marcador Somático” de los neurocientíficos lisboetas a los que debe su formación médica, Almeida Lima, Egas Moniz, Joaquin Fuster y A. R. Luria, con estas palabras:



“El dispositivo neural mínimamente capaz de producir la sujetividad implica las cortezas sensoriales iniciales (entre ellas la somatosensorial), las regiones corticales de asociación sensorial y motor, y los núcleos subcorticales (especialmente el tálamo y las ganglias basales) con propiedades de convergencia capaces de actuar en conjunto como una “parte tercera” (persona ajena: M.J.W.)... Este dispositivo neural no necesita el lenguaje. La construcción tipo “meta-yo” que imagino funciona sin palabras -proporciona una vista esquemática de los protagonistas principales desde una perspectiva externa a ambos-. De hecho, la vista de esta “parte tercera” conforma, de instante a instante, una narración no verbal que documenta lo que pasa entre los protagonistas. La narración puede realizarse sin el lenguaje mediante las modalidades representacionales de los sistemas sensorial y motor en el tiempo y espacio. No veo por qué animales sin lenguaje no puedan crear semejantes narraciones... Los seres humanos se disponen de las capacidades de elaborar narraciones de segundo orden gracias al lenguaje... Puede que el lenguaje no sea la fuente del “ser” pero es sin duda la fuente del “yo””. (A. R. Damasio, Descartes’ error. Emotion, reason and the human brain. Nueva York, Crosset-Putnam y Avon, 1994, pág. 243, traducción del libro en la colección particular de M. J. Walker).
Quizás semejante discurso sobre la sujetividad como experimento mental -o como “realidad virtual”- capaz de jugar con permutaciones imaginadas alternativas de la realidad, tenga algo que ver con las conjeturas tardías, antiepifenomenalistas, del filósofo de las Ciencias, Sir Karl Popper (K. Popper, “Natural selection and the emergence of mind”, Dailectica 32, pág. 354, 1978, republicado en G. Radnitzky y W. W. Bartley, eds., Evolutionary epistemology, theory of rationality, and the sociology of knowledge, La Salle,Open Court, 1987, y véanse Sir Karl Popper y Sir John Eccles, The self and its brain: an argument for interaccionism, Berlín, Springer-Verlag, 1977). Desde luego, la función cerebral de crear un mundo mental a través de una representación con rasgos más equiparables a la “realidad virtual” de la Informática que a imágenes fotográficas precisas, se resalta en el libro de Damasio y tambien en los libros de Terrence Deacon, The symbolic species: the co-evolution of language and the brain, Nueva York, W. W. Norton, 1997 (colección de M. J. Walker) y Stephen Pinker, How the mind works, Nueva York, W. W. Norton, 1997 (colección de M. J. Walker).
Parece ser que han evolucionado diferencias profundas entre los procesos cognitivos de varones y mujeres. Los varones suelen resolver mejor puzzles con meta precisa, espaciales o matemáticos, mientras que las mujeres suelen acometer mejor tareas manuales que implican precisón y rapidez perceptual o fluidez ideacional (Dorothy Kimura, “Sex differences and the brain”, Scientific american 269 (2), pág. 81-87, 1992, Investigación y ciencia 1992). Es interesante notar, que aquellos varones se exceden en pruebas de la capacidad espacial quienes ostenten niveles sanguíneos de la testosterona inferiores al medio aunque superiores, todavía, al nivel medio en mujeres, mientras que aquellas mujeres producen buenos resultados en dichas pruebas quienes tengan niveles de la testosterona por encima del medio femenino; además, la fluctuación de los niveles de las hormonas estrógenas durante el ciclo menstrual afectan el cumplimiento de algunas tareas en las mujeres. Es verosímil conjeturar que los varones primitivos necesitaban una capacidad de orientación a distancia para acertar en las rutas a tomar, que les permitiera reconocer un conjunto geográfico preciso desde lugares distintos mientras que deambulaban sobre distancias largas en la caza o el carroñeo, mientras que las mujeres primitivas precisaban más de la orientación en zonas restringidas mientras que recogían, con los pequés agarrados a ellas, con mayor preocupación para los alimentos de tamaño menor o para evitar lugares peligrosos.
Sea como fuere, los aspectos endocrinos, fundados en los cimientos de las diferencias cognitivas entre los sexos, implican la evolución de adaptaciones biológicas que podrían haber fortalecido cierta interdependencia social y lingüística entre los sexos, además de la conducta colaborativa, en Homo al inicio del Pleistoceno. También pudieron favorecer el éxito reproductor de Homo en la medida en que pudiese incrementar el número de prógene por madre por reducir el lapso temporal entre partos sucesivos, después de la aparición de esa etapa ontogenética humana, intercalada entre la lactación infantíl y la autoalimentación de juveniles sexualmente inmaduros, que corresponde a nuestros niños, que dejan de mamar relativamente antes que en los chimpancé y gorila pero mucho antes de que pueden, (véase Barry Bogin, “Evolutionary hypotheses for human childhood”, Yearbook of physical anthropology 40, pág. 63-89, 1997). El cuidado y la alimentación de los niños pueden realizarse por juveniles o adultos mayores, además de los padres, pero ésto supone una conducta colaborativa social, normalmente con la implicación de alguna forma básica de comunicación.
La capacidad de procesar el sintáxis lingüístico parece ser innata en nuestros bebés actuales (véanse J. Mehler y A. Christopher, “Language in the infant’s mind”, Philosophical transactions of the Royal Society of London, series B, 346, pág. 13-20, 1994; Derek Bickerton, “The language bioprogram hypothesis”, Behaviour and brain sciences 7, pág. 173-221, 1984 y Language and human behaviour, Seattle, University of Washington Press y Londres, University College London Press, 1995; Stephen Pinker, The language instinct. The new science of language and mind, Londres, Allen Lane, Penguin o The) language instinct. How the mind creates language, Nueva York, W. W. Morrow y HarperPerennial, 1994). Por el contrario, aún después de ensayos tediosos de adiestramiento experimental los chimpancés jóvenes sólo alcanzan a entender las formas sintácticas más rudimentarias (como por ejemplo, “Trae aquí el plátano que está en el cuarto de al lado”). Incluso Koko, un póngido con coeficiente de inteligencia de 85-95, mostró “esasa evidencia de que puede procesar sintaxis alguno” (J. Morton, “Language and its biological context”, Philosophical transactions of the Royal Society of London, series B, 346, pág. 5-11, 1994; y véase tambien Joe Wallman, Aping language, Cambridge, Cambridge University Press, 1992). No obstante, algunos neurobiólogos de la Primatología opinan que los chimpancés pueden entender más sintaxis del que pueden transmitir (véanse Sue Savage-Rumbaugh y Roger Lewin, Kanzi: the ape at the brink of the human mind, Chichester y Nueva York, John Wiley,1994 o Sue Savage-Rumbaugh, Stuart Shanker y Talbot Taylor, Apes, language and the human mind) y ésto no sea impensable del todo si se acepta el argumento de Antonio Damasio aunque la evolución de la comunicación lingüística habría favorecido la del sintaxis.
En el Hombre, la manipulación sintáctica ha sido desarrollada y refinada a través de la interacción lingüística en el grupo social al que pertenezcan los niños, aunque la destreza de los “idiots savants” implica que el procesamiento sintáctico no depende directamente del pensamiento racional, como ha comentado el psicolingüista Stephen Pinker que considera que el pensamiento humano en sí sea sintáctico y semántico de naturaleza. Terrence Deacon sin embargo, ofrece una visión muy distinta -más acorde con las neurociencias experimentales y biomédicas y con la interpretación de Antonio Damasio- que antepone los procesos del aprendizaje de la simbolización de referentes indiciales e icónicos, que son difíciles para los chimpancés, según arguye, porque el aprendizaje de la simbolización va “contra natura” en la medida en que puede que un símbolo no tenga ninguna relación dimensional con los índices e iconos, sino más bien ocupa una situación singular y anómala respecto a las bases de datos reales referidas por índices o iconos: por ejemplo, una categoría de animales imaginarios como el unicornio, objetos imaginarios como ovnis o inalcanzables como los electrones o números imaginarios como (-1), la raiz cuadrado del menos uno.
Sin embargo, Deacon explica que algunos chimpancés infantiles, nacidos en cautiverio, han aprendido sistemas simbólicos y su aprehensión de las relaciones abstractas entre los símbolos los permite categorizar objetos nuevos y extraños con mayor facilidad que aquellos chimpancés que no la han logrado. Quizás la narración de “primer orden”, no verbal, propuesta por Antonio Damasio implica el alcance mental en los grandes simios (en situaciones artificiales y experimentales, al menos) de la categorización simbólica que supone el encajamiento cerebral tanto de memorias, como de conjugaciones que ofrezcan diversas opciones futuras; otra cosa sin embargo, es si realmente poseen una “Teoría de la Mente”. Jane van Lawick-Goodall, Diane Fossey y otros han comentado casos anecdóticos de chimpancés en la selva cuya conducta se asemeja a la humana en situaciones donde nosotros reconoceríamos los sentimientos de nuestros congéneres -por ejemplo, después de ser agredido por un macho, una bióloga fue “atendida” por una hembra, aparentemente preocupada por las lesiones de la científica- .
Tanto Stephen Pinker como Derek Bickerton (D. R. Bickerton, Language and human behaviour, Seattle, University of Washington Press y Londres, University College London Press, 1995: colección de M. J. Walker) consideran que el cerebro tiene aspectos neuroarquitectónicos responsables del lenguaje, establecidos genéticamente ya en todo neonato humano actual (véanse también Antonio R. Damasio y Hanna Damasio, “Brain and language”, Scientific american 267(3) pág. 62-71, setiembre de 1992, eInvestigación y ciencia 1992). Pinker y Bickerton siguen a Noam Chomsky, el mundialmente célebre lingüista del Massachussetts Institute of Technology, responsable de la teoría de la “gramática universal” común a toda expresión lingüística reconocible, en la estimación de que la mente humana genera conceptos de manera gramatical, traducidos luego mediante palabras conjugadas, vocalmente, en estructura gramático-sintáctica fluida.
Aunque Bickerton razonee que la fluidez debe ser de origen reciente y ha sugerido que incluso una mutación genética pudo iniciar el “bioprograma para idioma” -probablemente durante el Pleistoceno Superior, después de la aparición de Homo sapiens protocromañoïde-, Pinker acepta la posibilidad de una acumulación de módulos neuronales durante la evolución de nuestro género (S. Pinker, How the mind works, 1997) y se muestra escéptico de la necesidad para una adecuada comunicación lingüística, del poder emitir todas las vocales principales, que ha sido inferida de contrastes entre las posibilidades vocalísticas de las gargantas y bocas neandertalenses respecto a las nuestras, según simulaciones por la Informática sobre la base de reconstrucciones de dichas partes anatómicas, conformadas por tejidos blandos, desprendidas de consideraciones basicraneales por parte de algunos investigadores como Philip Lieberman (véase Philip Lieberman, Uniquely human. The evolution of speech, thought, and selfless behavior. Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1991: colección del Área de Antropología Física; y On the origins of language, Nueva York, Collier-Macmillan, 1975: colección de M. J. Walker). Pinker explica cómo la mente humana no representa su entorno como si se tratara de un espejo o máquina fotográfica. Insiste que la mente ha evolucionado mediante la selección natural para agilizar la determinación de actividades conducientes al éxito reproductor de la especie, que implica la generación de representaciones muy diferenciadas según la información necesaria y las respuestas más fructuosas.
Por otra parte, en vez de considerar la mente como un ingenio biológico evolucionado para representar el entorno, el catedrático de las neurociencias de las universidades de Harvard y Boston, Terrence Deacon ofrece argumentos biológicos de gran peso para sostener la inferencia de que el manejo simbólico de conceptos ha caracterizado el género Homo desde el Plio-Pleistoceno hace 2 MA. Deacon explica, de manera convincente, cómo semejante visión de un cerebro, más integrado que modular, es capaz de rendir cuentas tanto del aspecto gramático-sintáctico de los idiomas piyin considerado como innato por Bickerton, como la habilidad lingüística de los “idiots savants” comentada por Pinker. Deacon sigue al matrimonio Antonio y Hanna Damasio de la Universidad de Iowa -pasados por las célebres escuelas de las neurociencias de Lisboa y Harvard- que las experiencias que los seres humanos representamos, unos a otros, se desarrollan a través de una singular capacidad cerebral para registrar continuamente nuestras propias percepciones del entorno y nuestras respuestas, tanto experienciadas como imaginarias, en ambos casos, dándonos, así, una experiencia continua de una cambiante realidad virtual autorregulable por nosotros. Es decir -a diferencia de los chimpacés- nuestros cerebros tienen la propiedad consciente de poder imaginar escenarios y situaciones alternativos de nuestro cuerpo en el contexto de entornos actuales o imaginarios y así -también a diferencia de los chimpancés- nuestros niños pueden jugar, sin problema, con un taburete como símbolo, o sustituto, para un jinete, tigre, barco, ambulancia o casita, sabiendo perfectamente que es un taburete.
La mundana visión radical de cómo el cerebro humano crea nuestra mente ofrecida por Damasio y Deacon es diametralmente opuesta a la noción del cerebro como un cartesiano soporte físico, aprovechado por una misteriosa ectoplasma mental. Deacon explica, con detalle y claridad, cómo la diferencia entre el hombre y chimpancé tiene muchísimo que ver con las respectivas necesidades para conjugar los tres niveles de representación icónica, indiciaria y simbólica. y muy en particular, para superar los conflictos entre asociaciones indiciarias (conformadas por las correlaciones positivas fuertes entre iconos para cosas e índices correspondientes) y asociaciones simbólicas (entre símbolos cuya correlación con índices para iconos y cosas puede ser ausente o negativa), aunque una vez superada dicha dificultad, la lógica de las relaciones intersimbólicas agiliza muchísimo el aprendizaje de nuevos conocimientos indiciarios e icónicos porque evita la necesidad de aprender sus relaciones con cosas reales a través de aprender las correlaciones positivas correspondientes nuevamente para cada cosa nueva: la lógica entre categorías simbólicas diferentes permite atajar aquí con muchos órdenes de magnitud. Gracias al poder superar las contradicciones “contra natura” mediante la lógica entre símbolos categóricos, los niños humanos aprenden cómo tienen que aprender; los chimpancés no (con la posible excepción del bonobo joven Kanzi). La capacidad lingüística tiene mucho que ver con la superación de esta dificultad.
Deacon explica cómo la diferencia arquitectónica del cerebro humano respecto al del chimpancé ha podido agilizar el análisis asociativo diferenciado. Deacon sigue a Tobias y otros anatomistas que aprecian aspectos de la lateralización cerebral (de la corteza frontal del área de Broca y temporal del área de Wernicke, entroe otros), correlacionados con la comunicación lingüística en los humanos actuales, en los primeros miembros del género Homo del Plioceno final (por ejemplo, Homo habilis hace 2 MA). Sin embargo, Deacon considera que, con verosimilitud neurobiológica, esta lateralización pudo ser más bien consecuencia que causa del lenguaje. Deacon -en sintonía con aspectos de la arquitectura de la corteza cerebral prefrontal destacados por las investigaciones de Damasio y otros- atribuye a la corteza prefrontal la propiedad de desarrollar la “RAM” de nuestro PC cerebral, o sea la “memoria de trabajo” en la que se guardan opciones a respuestas, adecuadas y -sobre todo-aplicables, ante cadenas condicionales alternativas (“si x , entonces y o z”), donde la aplicabilidad implica, con frecuencia, la inhibición de respuestas memorizadas por procesos de aprendizaje por asociación correlativa positiva. Deacon considera que es precisamente la correspondiente parte contralateral del cerebro la que selecciona -mediante la atención con esmero- los materiales relevantes a la construcción simbólica (con la eliminación e inhibición de otros redundantes), necesaria para la expresión lingüística de los datos simbolizados. Esta explicación es coherente con muchos datos clínicos de pacientes que han sufrido daños de las zonas cerebrales en cuestión, tal como Deacon los presenta.
Deacon sugiere que si no fuera por la lateralización cerebral, la interferencia entre potenciación e inhibición de circuitos, presentes indistintamente en cada lado del cerebro, bien podría haber impedido la evolución en nuestra especie de la comunicación lingüística fluida entre individuos autoconscientes -y puesto que muchas personas pueden usar las manos izquierda y derecha indistintamente para tareas manuales complejas, considera que la incompleta lateralización de ésas podría corresponder, incluso, a su evolución sólo después de la lateralización cerebral para funciones lingüísticas- . Esta sugerencia evolutiva neurobiológica parece estar en los antípodas de inferencias arqueológicas sobre la aparición muy reciente de la capacidad simbolizante, reflejo de una autoconsciencia que separaría Homo sapiens sapiens del Pleistoceno Superior del estado, inconsciente y animal, de los homínidos del Pleistoceno Medio. Sin embargo, puede ser posible cuadrar el círculo, como vamos a sugerir ahora.

La narración de “primer orden” de Damasio implica cierto encajamiento -como de cajas chinas- de memorias del pasado y posibles opciones futuras y este parece caracterizar los chimpancés en cuánto puedan acordarse de experiencias y referentes o conjugar, de manera innovadora, algunas asociacones recordadas, de modo que pueden ejecutar, con exactitud, tareas que implican la atribución rasgos, o atributos, apropiados a cosas invisibles o operantes lógicos o sintácticos, a ser eligidos por los animales entre asociaciones apropiadas e inapropiadas abstractas -desde tacos colorados de plástico hasta gestos o el idioma de los sordomudos- .


El cambio hacia la narración lingüística, de “segundo orden”, quizás se inició con solamente algunos marcadores lingüísticos rudimentarios de condición o moda en una actualidad continua etnográfica: por ejemplo, “Si pedernal es golpeado, entonces quizás lasca; si arenisca es golpeada, entonces ninguna lasca” o “Si gazela muerta colgada del árbol, entonces quizás comida para mí; si gazela muerta colgada del árbol, quizás leopardo peligroso en árbol y entonces ninguna comida para mí”. Tales enunciados sencillos implican conocimientos personales adquiridos encajados y una narración personal capaz de conjugar resultados futuros alternativos. Sin embargo, quizás hasta que no llegaran a ser conectados muchísimo más tarde en el Cuaternario a una zona neuropsicológica para la habilidad social, la autoconsciencia nasciente que encierran pudo ser insuficiente para causar interacciones de enseñanza y aprendizaje verbal que implican la transmisión, eficaz y formal, del consenso social sobre cómo las experiencias anteriores de diferentes individuos puedan informar las reflexiones sobre las opciones futuras. Es decir, si la comunicación lingüística comenzase en el Plio-Pleistoceno, quizás su potencial no empezaría a plasmarse hasta el comienzo del Pleistoceno Superior.
En nuestra especie, la manipulación sintactica del lenguaje se desarrolla y se refina a través de la interacción lingüística dentro del grupo social. Si es verdad que la destreza lingüísica de los “idiots savants” implica que el procesamiento sintáctico no depende directamente del pensamiento racional, como ha comentado el psicolingüista Stephen Pinker que considera que el pensamiento humano en sí sea sintáctico y semántico de naturaleza (S. Pinker, The language instinct, 1994), entonces ésto podría ayudar a explicar por qué hubo que esperar casi dos millones de años desde la primera aparición de las áreas cerebrales de Broca y Wernicke asociadas con el lenguaje en Homo habilis (véase Tobias, P. V., Olduvai Gorge Vol. 4 The skulls, endocasts and teeth of Homo habilis, Cambridge, Cambridge University Press, 1991: colección del Área de Antropología Física) para la evolución del pensamiento y la comunicación capaces de ordenar el entorno espaciotemporal que había aparecido antes de hace unos 30.000 años según el registro paleolítico y quizás mucho antes. El prehistoriador y paleolitista inglés de la Universidad de Reading, Steven Mithen en su libro The prehistory of the mind. The cognitive origins of art, religion and science, Londres, Thames & Hudson, 1996 (colección de M. J. Walker), conjetura que la cognogénesis humana implicaba la evolución lenta de incrementos del intercambio fluido entre distintas “domains”, o espacios, cerebrales para el procesamiento de las habilidades social, manipulativo-tecnológica, clasificatoria, descriptiva y lingüística, que pasaron de ser relativamente aisladas, incomunicadas e impermeables a ser integradas y permeadas por comunicación continua en Homo sapiens sapiens. Quizás en términos de la explicación de Terrence Deacon, no se tratarían tanto de áreas neuronales, separadas espacialmente en el cerebro, como de circuitos integrados de símbolos, capaces de agilizar la conjugación y permutación de índices e iconos de bloques de datos dispares. Deacon nos ofrece una visión que separa el Hombre de los grandes simios por nuestra capacidad de construir nuestra casa mental empezando por el tejado gracias a la habilidad con símbolos y del aprendizaje de la simbolización va “contra natura” en la medida en que puede que un símbolo no tenga ninguna relación dimensional con los índices e iconos, sino más bien ocupa una situación singular y anómala respecto a las bases de datos reales referidas por índices o iconos, como ya se ha dicho arriba.
La hipótesis del “Marcador Somatico” implica que el hombre puede imaginarse, con autoconsciencia, como un actor en interacción con el mundo fuera del cuerpo y puede imaginar diferentes respuestas alternativas de su cuerpo a una situación futura aunque sólo una puede ser tomada. El modelo neuropsicológico ofrecido por Antonio Damasio la posibilidad de incrementos de intercambios entre zonas distintas o de fortalecimiento o adaptación de circuitos compuestos por símbolos de una “realidad virtual”pero que sirven para resolver situaciones para favorecer la supervivencia y la aptitud genética inclusiva. Homo habilis tuvo un cerebro más pequeño que el nuestro y fueron menores las áreas de los lóbulos frontales (por ejemplo, ventromediales) que tienen connexiones con los núcleos subcortincales que juegan un papel fundamental en mantenernos alertos y conscientes de nosotros mismos como actores y de la naturaleza apropiada o inapropiada de nuestras acciones y conducta con respecto a nuestras intenciones en consciencia. Sin embargo, en proporción con el tamaño del cuerpo y de la cabeza, los lóbulos frontales no fueron relativamente más pequeños que en el hombre moderno (Katerina Semendeferi, Hanna Damasio, Randall Frank y Gary W. van Hosen, “The evolution of the frontal lobes”, Journal of human evolution 32, pág. 375-388, 1997).
Los bebés nuestros aprenden rápidamente a enunciar fonemas que se refieren a cosas discretas más que aquellos sentimientos o estados de ánimo demostrados, acompañados por gestos, por las vocalizaciones de los chimpancés en la selva. Además, los bebés humanos se empeñan en imitar la conducta desus cuidadores, a diferencia de la falta de perseverancia de los chimpancés infantiles. Deacon comenta que la habilidad del bonobo Kanzi probablemente está relacionada con el hecho casual de que estaba siempre con su madre cuando los cuidadores intentaban enseñarla y el aprendiz hábil de la manipulación de iconos, índices y símbolos sería Kanzi y no su madre, lo que subraya la importancia del aprendizaje muy jóven de la simbolización para la ontogénesis y el fortalecimiento de circuitos responsables para luego poder construir la casa cerebral simbólica desde el tejado. Quizás los bebés de los homínidos del Pleistoceno tuvieron que esforzarse para dominar el pensamiento del “primer orden” en una serie de situaciones, dispares y a veces excluyentes, en un entorno en el que la narración verbal del “segundo orden” estaba en segundo plano. Esto pudo mantener mucho más incomunicados que hoy los circuitos símbolicos separados que representaban las habilidades social, manipulativo-tecnológica, clasificatoria, descriptiva y lingüística -o quizás fueron aquéllos bebés que así más se esforzaban quienes más sobrevivían para contribuir a la aptidud genética inclusive ya que sus mapas cognitivos de la habilidad social y manipulativo-tecnológica, además de los fenómenos del entorno natural para explorar, serían los más ordenados y eficaces- .
Nuestras intenciones conscientes forman un resultado de la evolución de la cognogénesis en Homo priitivo. Componentes claves fueron la evolución de la niñez, como insiste Barry Bogin, y la evolución de diferencias cognitivas entre los sexos, como explica Dorothy Kimura, además de la evolución lingüística y de la permeabilidad por narraciones de “segundo orden” verbales de las distintas zonas de respuestas programadas, hasta la aparición de la capacidad de asumir la narración de la historia personal propia y compararla con la de otros actores a través de un lenguaje común y fluido. Steven Mithen se ha preguntado si en el Pleistoceno Medio Homo erectus vivía ya en comunidades de 150 individuos porque su volumen craneal (850-1100cm3) duplica el de los chimpancé y gorila cuyas tropas están mucho más pequeñas; ésta conjetura podría explicar por qué el cráneo humano aumentaba bastante mucho antes de la diversificación tecnológica de materiales imperecedores que sólo experimenta un gran salto durante el Pleistoceno Superior. La tendencia hacia una demografía social cada vez mayor por parte del género Homo a lo largo del Cuaternario implica la creciente facilidad para la comunicación “estenográfica” a través de la manipulación de los símbolos de sus mapas mentales del entorno que conforman la “realidad virtual” mental de la Humanidad actual, sin excepción.



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