Juan antonio corretjer




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EL LIDER DE LA DESESPERACION
Al leerse las notas sobre Albizu Campos contenidas a lo largo de muchos escritos míos, el lector tropezará con dos afirmaciones que lo moverán a hacerse una grave pregunta. Estas afirmaciones son: (1) Albizu Campos es el mayor líder nacionalista producido por la gestión independentista puertorriqueña; pero llega históricamente tarde, en cuanto nacionalista, para tener una burguesía a la cual darle dirección; y, (2) cuando en enero de 1934 los trabajadores solicitan su liderato en la huelga de la industria azucarera, él la dirige victoriosamente, pero no puede la lucha nacionalista beneficiarse de su triunfo porque el carácter pequeñoburgués del partido se lo impide: no organiza a los trabajadores sindicalmente ni los incorpora a su partido.

Sin embargo, al año siguiente, el Nacionalismo entra en una nueva etapa de auge cabalgando la cresta de un gran ascenso revolucionario.

Aquí viene la pregunta: si no hay burguesía en que fundarse y el partido no se basa en los trabajadores, ¿a qué fuerzas le da liderato Albizu Campos?

Los propagandistas del Imperialismo le han dado una respuesta interesada: Albizu no representa al pueblo puertorriqueño. En las palabras del General Winship "el Partido Nacionalista es la sombra de un hombre". Cuando el masacrador de nuestro pueblo escribía esas palabras ya Albizu estaba preso en Atlanta.

La crítica seudo-marxista de la época resolvía el caso con un recurso determinista: es un caso típico de desesperación pequeñoburguesa.

Trataremos de darle una explicación científica, históricamente probada.

Evidentemente, el liderato albizuísta refleja una desesperación. ¿De dónde proviene?

En nuestro libro LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA, cuya primera edición data de 1949, y en todos nuestros escritos, siempre hemos dado un punto de partida específico al liderato de Albizu: la radicalización de las masas como consecuencia de la gran crisis cíclica del capitalismo que desata el colapso de la bolsa de Nueva York en octubre de 1929.

Pensar en el efecto que la crisis, al desatarse en Estados Unidos mismos, habría de ocasionar en Puerto Rico, con su economía en manos yankis, sin industrias, y con una agricultura latifundista y monocultura poseída por grandes trusts norteamericanos; sin ningún poder político con el que montar su más mínima defensa, es un formidable ejercicio para la imaginación del lector fuera de Puerto Rico. Para nosotros fue una terrible experiencia. Pero aún el lector ajeno a la experiencia puede entender nuestra afirmación de cómo, para los casi dos millones de puertorriqueños que éramos entonces, enfrentados a disponer de nuestra vida, que no es solamente nuestra existencia de cada día sí que también nuestra vida histórica, los años de la depresión (y Albizu asciende a la presidencia del partido el 12 de mayo de 1930) es una explicación de cómo la desesperación individual de cada día se convierte en la desesperación colectiva de las masas, que a su vez se mira en la personalidad del dirigente y se refleja en su liderato. Reflejando esa situación Albizu agita, agita y agita hasta producir la explosión.

¿Hizo mal? Hizo bien. Blanqui aportó lo suyo a la Comuna de París. 1

"Marx – escribe Lenín en 1907 sabía apreciar también el hecho de que hay momentos en la historia en que la lucha desesperada de las masas, incluso por una causa sin perspectivas, es indispensable (el subrayado en el original) para los fines de la educación ulterior de estas masas y de su preparación para la lucha siguiente".

Y al analizar la insurrección irlandesa de 1916, reafirmaba: – "Sólo en la experiencia de los movimientos revolucionarios inoportunos, parciales, fraccionados, y, por ello, fracasados, aprenderán las masas, adquirirán fuerzas, verán a sus verdaderos guías, los proletarios socialistas, y prepararán el embate general, del mismo modo que las huelgas aisladas, las manifestaciones urbanas y nacionales, los motines entre las tropas, las explosiones entre los campesinos, etc., prepararon el embate general de 1905".

En el centenario de la Comuna de París los revolucionarios de todo el mundo no pueden tener sino comprensión para quienes, en el apogeo del poderío norteamericano, – parafraseemos a Marx – quisimos arrancar una estrella a los cielos.2

Pero sabiendo todos, además, quienes hemos de ser, desde ahora, los dirigentes victoriosos de la lucha independentista puertorriqueña: los comunistas.

Para Puerto Rico, esto es tan evidente y próximo como leer en libro abierto. "Una revolución social para triunfar – afirma Lenin – necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella".1

El imperialismo no solo destruyó la burguesía puertorriqueña: al prohibir a la producción puertorriqueña un mercado interior decretó la imposibilidad de recuperación a la burguesía nacional, y, ha cerrado el camino nacionalista a la victoria independizadora. Eso lo obsesionaba y lo logró.

Pero aplastada la insurrección nacionalista de 1950 traslada a Puerto Rico un núcleo importante de sus explotaciones industriales. Estas van desde fábricas de ropa interior de mujer hasta el complejo petroquímico. Se logra el desarrollo de un proletariado industrial de más de ochenta mil obreros.

Al mismo tiempo, un fenómeno universal – el proceso de proletarización del campesinado – es en Puerto Rico hecho evidente.

El capitalismo ha dado a luz sus sepultureros puertorriqueños.

Pero la repetición de esta famosa sentencia de muerte hecha al capitalismo por Marx y Engels, y que encontramos ya en el Manifiesto de 1848, no se tome como rendición de armas ante el destino inevitable del capitalismo. No militamos en las filas de los deterministas, súbditos de una tendencia de derecha dentro del movimiento marxista internacional. La economía es la base de la sociedad y el cambio revolucionario, histórico, se produce en la base; pero la base se desarrolla revolucionariamente sólo mediante la lucha de clases, con la lucha política revolucionaria. No creemos que los sucesos vienen predeterminados por la historia; no creemos en la inevitabilidad histórica de los deterministas. Creemos en los sucesos de la historia producidos por la acción consciente de las masas, política, ideológica, revolucionariamente dirigidas.

Cabe añadir de seguido que al mismo tiempo que el establecimiento de este complejo industrial parejo a la proletarización más específica de la clase trabajadora se impone la realidad, señalada por Marx, en sentido de que la revolución está obligada a abrirse paso a través de una fuerte oposición que ella misma crea. De la necesidad imperialista de mantener a Puerto Rico pacificado emerge a su vez la de crear empleos que mitiguen en parte el empobrecimiento de las masas que es ley general del capitalismo. De ahí surgen a la vez las ilusiones de "desarrollo" económico,1 de "prosperidad", de "afluencia", que cabrillean en los espejismos coloniales, y siembran conformismo y oposición a la Independencia. Y encima de los espejismos una fuerza de oposición a la independencia robustecida y consolidada en los monopolios, en el Pentágono y en las afinidades coloniales de los dos. Será a través de esa oposición, creada en el imperialismo por la necesidad de mejor defender su oposición amenazada por el desarrollo previsible del independentismo, que nuestra revolución tendrá que abrirse paso. Esa es la tarea de sepulturero del capitalismo asignada al proletariado como vanguardia de todos los oprimidos, en lucha afanosa, política, ideológica, revolucionariamente dirigida.

Si dijimos antes que los revolucionarios de todo el mundo deben, en este Centenario de la Comuna de París, mirar comprensivamente a quienes, en el apogeo del poderío norteamericano, quisimos arrancar una estrella a los cielos, decimos, igualmente, que no tengan perdón si no lo hacemos para los que ahora hemos de preparar al proletariado puertorriqueño para la independencia y el comunismo.

Y nuestra obligación no es sólo organizar. Es también agitar, agitar, agitar, hasta producir la explosión.

¿A QUE EMBOCO ESE HOMBRE A ESTE PUEBLO?


La radical actividad de Albizu Campos, esa quema suya de todas las naves todos los días, no ha dado quizás mejor prueba de su mayor altura o abismal profundidad que ese, entre pregunta ansiosa y cordial reproche, que me hace un notable sociólogo puertorriqueño: ¿A qué embocó ese hombre a este pueblo?

Me la planteo como interrogante para darme ocasión de intentar una respuesta.

La respuesta tiene por forzoso punto de partida una cuestión filosófica. La realidad existe objetivamente, fuera e inclusive a despecho, de las ideas y de la voluntad de los seres humanos. Una cosa necesariamente fue lo que Albizu se propuso, lo que él pensó, lo que animó, desde sus adentros más recónditos y ardientes, el fervor de su palabra y el tesón de sus ejecutorias; otra, tercos y obtusos, los problemas que en el fondo de la sociedad puertorriqueña tejían y destejían su red contradictoria de entrampe y escapada.

Ya hemos descrito cómo Albizu privado de una burguesía a la cual darle dirección política, y sin apoyarse en los trabajadores, desarrolla una estrategia fundada en la desesperación de las masas víctimas de la depresión en los años 30.

Pero que Albizu no tuviese a disposición suya una burguesía a la que darle dirección política no lo privó de intentar dársela. Tomando, al vuelo dos ejemplos, apuntaremos a su campaña para que los colonos de caña no fuesen burlados por los grandes monopolios absentistas azucareros gracias a mantener estos últimos – ¡hasta eso! – el poder de determinar qué cantidad de sacarosa se contenía en su producto.

Ese control se mantenía con un mecanismo muy simple: era el químico de los centralistas quién lo determinaba. Con su hábito de predicar fustigando Albizu se burlaba de los colonos que no se organizaban para exigir que fuesen sus propios químicos quienes determinasen el grado de sucrosidad de su gramínea. Los colonos por fin se organizaron; por fin lograron los servicios de químicos responsables a ellos mismos. Sus ganancias subieron. Pero en cuanto a responder al llamado patriótico de Albizu, era otra cosa. Siguieron correspondiéndose con los partidos coloniales. A través de la cuota azucarera el imperialismo regía su línea política.

Preso ya, y desde La Princesa, no lejano el día en que fuésemos trasladados a la Penitenciaría Federal de Atlanta, no recuerdo por qué incidencia en la contradicción de intereses imperialista-coloniales, Albizu requería los azucareros a sumarse en la lucha por la independencia: esto a despecho de saber, como bien se lo sabía, que estos bastardos intereses jugaron papel decisivo en la persecución de que se nos había hecho objeto y aunque, en el bufete del abogado de la Asociación de Productores de Azúcar, licenciado Sifre, se libraron cuantiosos cheques en premio a los jurados del panel que nos condenó a presidio.

Albizu no actuaba así por hacer el tonto, sino por mandato indeclinable del contenido clasista de su liderato. Era el peso de ese contenido imponiéndose impertérrito como una quilla para mantener el balance poli-clasista que él entendía como unidad nacional, como hermandad de todos los puertorriqueños por encima de toda división clasista.

Estaba ahí, yo no la inventé, – decía Marx sobre la lucha de clases. Estaba aquí, aunque Albizu no la desease. Existía objetivamente, independientemente de su conciencia, sin importar lo que él pensase, lo que él quisiese: obscura y decisiva fuerza hacedora y destructora y reconstructora, más allá de la luz patriótica que alumbraba en su nacionalismo. "Todo movimiento libertador tiene que ser ortodoxo" filosofaba. "Es lesivo alentar la división de las clases", nos decía, "porque la lucha de clases divide horizontalmente a la nación incitarla es lesivo a los intereses de la independencia".

No obstante, tuvo que dirigir la huelga de los trabajadores de la principal explotación del país en 1934, hecho que repercutiría, como jamás pudo él imaginarse, en la historia de Puerto Rico y en su propia vida. Su tarea como dirigente nacionalista, su esfuerzo baldío por poner bajo su liderato a la burguesía colonial en desbandada es el hecho que contesta la pregunta que motivó esta nota: – ¿A qué embocó ese hombre a este pueblo?

Contradictoriamente es Pedro Albizu Campos quien prueba, por negación, la completa bancarrota política de la burguesía puertorriqueña, su total incapacidad para actuar independientemente en política; cabe decir independiente de la coacción imperialista. Terminada la tarea lideril de Albizu sería una insensatez que cualquier nuevo liderato independentista queme su esmalte luchando por atraer a la bandera de la independencia los pocos capitales denominables nacionales – tan escasos que no forman clase. Y ni qué decir a esa burguesía compradora, comercial, pendiente del crédito como de una horca.

Esta no es cuestión del pasado. Al contrario, es por lo que tiene de presente, como engendro futuro, que podemos decir cuánto son hechos que su liderato precipita a lo que realmente "ese hombre embocó a Puerto Rico".

Y aquí regresamos a aquella afirmación dialéctica de que la realidad existe objetivamente, fuera de la conciencia de los hombres, independiente de sus ideas, deseos, intenciones. Aunque la voluntad de los hombres, por afirmación o negación, al insertarse en la dinámica histórica trace pauta e imprima sello a los sucesos que tejen su urdimbre.

Si Albizu pensó alguna vez en que su liderato tuviese su- * cesión nadie puede imaginarse que lo quisiera distinto en esencia al suyo. Pero no habría podido pasar inadvertido a la misma generación que enmarcó su actividad libertadora la inutilidad de una orientación poli-clasista. Por convencimiento, por ideología, y si no por demagogia, el nuevo liderato independentista tendría que orientarse hacia la clase obrera y el socialismo. Esta reacción llevará hasta "la tendencia a teñir de color comunista las corrientes democrático burguesas de liberación en los países atrasados", dice Lenin, tendencia que debe ser combatida "resueltamente" por los comunistas, como inmediatamente aconseja. (Lenin, "Esbozo Inicial de las Tesis Sobre Los Problemas Nacional y Colonial", junio de 1920).

Esta nueva orientación se depurará en la lucha misma, en la profundizante lucha de clases, en la hegemonía de la clase obrera en la lucha por la independencia, en la guerra popular como expresión máxima de la lucha de clases con el marxismo-leninismo como guía para la acción. Las grandes masas oprimidas darán al movimiento su ancha dimensión de verídica unidad nacional, marchando con el proletariado en una revolución de una clase, un partido y una bandera: la clase obrera, el partido comunista revolucionario, la bandera roja.

A esto fue a lo que Albizu verdaderamente "embocó a Puerto Rico".

¿Habría ocurrido sin que mediara su intervención en el proceso político puertorriqueño? Seguramente. Pero esa es la clase de pregunta que no se hace quien desee interrogar seriamente a la historia. Y la historia no puede ignorar a Pedro Albizu Campos. En la repercusión del papel que le correspondió desempeñar en la lucha por la independencia, esta prueba final sobre la burguesía como anacronismo en el ascenso histórico de Puerto Rico era, estrictamente hablando, una necesidad. No fue necesario que su generación sucesora lo comprobase. Él nos la dio como corroboración, como experiencia. Ni que decir que fuese eso lo que él quiso. Fue la dialéctica de las fuerzas históricas, de las clases antagónicas en la sociedad puertorriqueña; la lucha implacable entre la clase que históricamente podía avenirse con el imperialismo y la que no tiene manera de hacerlo, ésta cuyos intereses abren un abismo infranqueable que la separa a la vez de la burguesía imperialista y de cualquier intento recuperativo de la puertorriqueña, la que determinara en el liderato albizuísta aspecto tan positivo.

TRANSITO DE LA CAÑA AL PETROLEO


Para medir en toda su importancia la participación de Albizu en la huelga cañera de 1934 es necesario reflexionar sobre lo que va de aquella época a la realidad a que nos enfrentamos ahora. Los dos años transcurridos han presenciado lo que podría llamarse tránsito de la economía colonial de Estados Unidos en Puerto Rico del cultivo latifundista de la caña y la elaboración del azúcar al establecimiento de un gran enclave para el refinado de petróleo.

Vuelvo sobre mis pasos para recordar al lector que para 1934 unos 137 mil puertorriqueños trabajaban en las fases agrícola y fabril de la caña de azúcar. Quiérese decir que en una población total de menos de dos millones algunos 700 mil puertorriqueños dependían de la agricultura y elaboración fabril del producto.

No se necesita ser un sabio para entender lo que esa espina dorsal de la economía significaba como elemento de aglutinación nacional. Si las relaciones de producción se convierten como en realidad ocurre en relaciones sociales, no se tiene que estar dotado de las luces del genio para comprender lo que ese hecho, escueto, indisfrazable, significaba como elemento de cohesión social.

Nadie lo niega. Los salarios eran escandalosamente bajos; las condiciones de vida de los trabajadores a nivel bajísimo. Lo que a Puerto Rico quedaba como beneficio económico era prácticamente sólo lo que devengaban los trabajadores en salario. Esa es otra cuestión; y la salida a darse al problema otra, distinta a la que se le ha dado. Era a una solución revolucionaria a la que esa relación salarial convertida en relación social dirigía.

Lo que aquí subrayamos es el equivalente de cohesión social que de aquellas relaciones de producción surgía. E insistimos. Esa cohesión contenía un potencial revolucionario a explosión pronta.

Valga señalarlo. Algo tiene que significar el hecho de que siendo los de la caña los trabajadores clave para el desarrollo de un grande y sólido movimiento sindical, el movimiento obrero dirigido por Santiago Iglesias como base de masas para "la unión permanente" de Puerto Rico a Estados Unidos (esa era su pública divisa) algo tiene que significar, y significa mucho, que Iglesias jamás organizara a los trabajadores de la caña.

El llamamiento hecho por los trabajadores a Albizu Campos para que lidereara la huelga alertó al imperialismo que la organización de los trabajadores agrícolas de la principal explotación del país ya no podía ser diferida. Y no solamente era imposible ya diferirla. Era posible que esa organización se hiciera con una orientación independentista, anti-imperialista quizás.

Lo primero, la imposibilidad de seguir posponiendo su organización, era solucionable extendiendo la sindicalización yankizada a los campos cañeros. Difícil si no imposible lograrlo con el viejo y desacreditado liderato de la Federación Libre. Pero la Federación Americana del Trabajo perdería pronto su hegemonía en el movimiento obrero norteamericano. Con la fundación del Congreso de Uniones Industriales (CIO) la Federación Americana del Trabajo perdió esa hegemonía. No significaba de manera alguna que el capital monopolista yanki hubiese perdido la suya sobre las dos. Pero gracias a ello el imperialismo podría reinstalarse en los campos cañeros de Puerto Rico con un nuevo aparato sindical como en realidad lo hizo.

Tal maniobra no era otra cosa sino diferir el problema de fondo que al imperialismo se planteaba. Lo ocurrido con la Federación Libre podría repetirse a equis tiempo con el nuevo aparato del CIO. Lo que el imperialismo necesitaba era mucho más: era destruir esa fuerza de cohesión social cuya dialéctica fluía hacia la revitalización nacional a través de los trabajadores y por lo mismo hacia la independencia. Que los sindicatos podían ser la base más sólida del movimiento de independencia lo había probado ya revolucionariamente Connolly en Irlanda, como lo probaría Jagan en Guyana y Toure en Guinea.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, dueño del monopolio atómico y proclamante del ilusorio "siglo americano", el imperialismo yanki se dispuso subsistir la estructura de su economía colonial en Puerto Rico. La primera de sus previsiones fue evitar que la reorganización económica de la colonia desarrollase un renglón principal de producción que a su vez redundase en una nueva fuerza de cohesión social, capaz de expresarse, como primera consecuencia, en la organización de un sindicato básico ligado al primer renglón de la economía y centro de gravitación de todo el movimiento sindical, dado el peso de su influencia por importancia y número. Al contrario, se propuso instalar un sistema económico de tan variadas explotaciones que la organización del movimiento obrero viérase obligada a trabajar mediante una serie de pequeñas uniones sin otra vinculación entre ellas mismas que la de estar formadas por trabajadores. Producir una huelga como la del 1934 pensaron los imperialistas hacerla imposible mediante esa reorganización. Esa es la contestación de Wall Street y el Pentágono al movimiento obrero y al independentismo. Ese es el problema sindical correspondiente a la conversión de Puerto Rico en colonia militar industrial del imperialismo yanki: primera en la historia y única al día de hoy.

Como en otro lugar de este libro refiero la consecuencia, inevitable en el callejón vertical sin salida del capitalismo monopolista, del otro desarrollo que es la creación de un proletariado industrial cuyo papel histórico frustrará el intento de dispersar el movimiento obrero dispersando la producción a que acabo de referirme, me limito aquí a ese hecho: la conversión de Puerto Rico en una colonia militar industrial del imperialismo yanki, primera como acabo de decir en la historia y única hasta ahora.

El hecho en sí no crea excepcionalísimo. Es el resultado lógico del desarrollo industrial y militar del capitalismo monopolista dentro de una nueva situación internacional y en el marco de su expansión colonial. Dada la experiencia de que Estados Unidos ha mirado siempre a Puerto Rico y Cuba como puntales a su penetración en la América Latina y de campo experimental para su política latinoamericana la colocación de una gran planta industrial dentro de una base de operaciones de sus fuerzas armadas, que es lo que hace de Puerto Rico una colonia clásica en novísima forma militar industrial, no hay que descontarla como anticipo de otras más hacia el sur. La deducción gana en lógica cuando se conjuga con el traslado a Puerto Rico del centro de adiestramiento anti-guerrillero y contra-subversivo que hasta ahora el militarismo yanki mantuvo en Panamá.

¿Hasta cuándo tolerarán las potencias esta concentración de poderío militar norteamericano que lesiona los intereses de todos? En 1926 Albizu vislumbraba que la disolución de esa contradicción entre las potencias haría obligatoriamente que la batalla final se diera en aguas del Caribe. Ni en fecha tan temprana ni después pudo Albizu preveer hasta dónde llegaría Estados Unidos en la inclusión de Puerto Rico en sus planes de dominio mundial.

Testigos de este nuevo intento norteamericano de parapetar sus fuerzas en nuestro país, contra el ascenso revolucionario del proletariado y las masas oprimidas de la América Latina, nuestro deber no es sólo advertir sobre el peligro. Es subvertir el orden dentro de ese aparato montado en Puerto Rico por los monopolios armados yankis. Es arrebatárselo desde adentro, independizando a Puerto Rico para bien de todos los oprimidos de la tierra.

EJECUCION DEL CORONEL RIGGS
La ejecución revolucionaria del jefe norteamericano de le policía colonial coronel E. Francis Riggs es el hecho que parte en dos la historia de nuestras relaciones imperialista- coloniales. Es por lo tanto el de mayores consecuencias para la lucha independentista. El momento de viraje en el proceso revolucionario de los años 30. Desde este punto de vista me le aproximo en este trabajo.

Lo primero en señalarse es la reacción de Albizu Campos frente al hecho.

Hagamos un poco de historia. El 24 de octubre de 1935 se produce la Masacre de Río Piedras. Esta es hija de la manipulación que Riggs, experto en intrigas a estilo CIA, hizo del "independentismo" del Partido Liberal. Fueron estudiantes universitarios de la llamada Juventud Universitaria Liberal los que la manipulación policíaca movió para organizar la asamblea que tratará en vano de declarar a Albizu Campos persona no grata al estudiantado.

La verdad histórica es que en esa ocasión Albizu hizo lo imposible por evitar lo inevitable. Mientras Juan Juarbe y Juarbe era designado para estar en la asamblea Albizu ordenó a este escritor que localizara a Ramón S. Pagán, Secretario del Trabajo del partido, y evitara comunicándole su mandato que no se personara en Río Piedras.

Una situación como ésta no se improvisa. Ocurría dentro de un marco de intriga policíaca dirigida por Riggs y que había penetrado hasta el tuétano en la buena fe de varios nacionalistas en lo que ahora llamamos Zona Metropolitana. Una campaña de difamación sin precedente en política puertorriqueña, se había cebado contra Albizu. Esta penetró como he dicho hasta la buena fe de algunos nacionalistas influyentes dentro del partido. (Dejo sin decir que junto a los de buena fe estarían obligatoriamente los agazapados transmisores de lo que desde afuera se tiraba contra el partido.)

La noticia había llegado a Albizu de que dentro del partido mismo se conspiraba para asesinarlo. Se tocó fibra muy sensitiva en Albizu, pero la purga producida por la información no pasó de tocar a las personas envueltas en la campaña de difamación.

Por desgracia, en la prueba acerca del proyectado asesinato aparecía envuelto Ramón S. Pagán. Pero Pagán mismo había comunicado a Albizu la celebración de una reunión entre los descontentos. Ante las fieras acusaciones hechas contra Albizu (seductor, ladrón, vividor, paranoico que llevaba el partido a su ruina) Pagán se levantó (es su relato) y dijo que si tales acusaciones eran ciertas matar a Albizu era una obligación patriótica. Ante su estupefacción sus palabras fueron recibidas con aprobación.

Pagán había ratificado esta declaración en la reunión conjunta de la Junta Nacional con los presidentes y secretarios de las juntas municipales que formuló las expulsiones.

Albizu previo que de no tomarse precauciones en la primera provocación seria de que el partido fuese objeto matarían a Pagán. De ahí que a las primeras nubes de borrasca en la Universidad, y conociendo a Pagán me encargase evitar que éste se presentara en Río Piedras. Acompañado de Agustín Pizarro, uno de mis inseparables compañeros, me dirigí inmediatamente a las oficinas de Ochoa Fertilizer en Hato Rey en las que Pagán trabajaba. Pagán se había ausentado poco antes pretextando que su presencia era urgente en su hogar. Esto no era extraordinario. Con relativa frecuencia Pagán se ausentaba de la oficina durante horas de trabajo. Dada la altísima consideración en que se le tenía nunca se le llamó la atención. Yo lo sabía; por lo cual sin dejar de preocuparme corrí a su casa. Había estado y salido casi inmediatamente hacia San Juan. En Martín Peña topamos con un nacionalista quien nos dijo espontáneamente que hacía sólo minutos la había visto pasar en dirección de San Juan. Ya más tranquilos seguimos hacia la Imprenta Puerto Rico. Si había un lugar en el que podía estar ese era el sitio. No estaba.

Fue en esos momentos que Fran González, nacionalista y dueño de un cafetín cercano llegó a la imprenta comunicándonos que por radio se informaba un motín en la Universidad. Pagán se borró de mi memoria. Pensé en Juarbe que estaba dentro de la Universidad. Al ejemplar patriota Buenaventura Rodríguez Lugo, Administrador de la Imprenta le pedí dinero para fletar un automóvil público, el cual tomamos en la Plaza Baldorioty. Cuando llegamos a Río Piedras la Universidad estaba tomada por la policía. La radio informaba muertos y heridos. Alejandro Ruíz, nacionalista de Río Piedras, nos informó que a Pepito Santiago lo habían matado.

Entramos Agustín Pizarro y yo a la Universidad. Lo hicimos sin mayor dificultad porque un policía amigo suyo que había prestado servicio en Barrio Obrero nos franqueó la entrada.

Juarbe y los compañeros de la Federación Nacional de Estudiantes habían hecho fracasar el truco contra Albizu. Pero en esos momentos, cuando la asamblea terminaba comenzaba el mayor peligro. Al salir del viejo paraninfo. Juarbe se avalanzó sobre un guardia – "Pégame ahora, charlatán, tira ahora". – El guardia, lívido tartamudeó una excusa. Yo tomé a Juarbe por el brazo: – "¡Vamos!" –

Cuando dejamos a Juarbe camino de Aguas Buenas, Pizarro y yo caminamos hacia la Universidad. Encontramos un detective popularmente conocido por el apodo de "el Jíbaro", hombre de genio apacible y mucha experiencia que siempre – ¡aún en las escalinatas de el Capitolio, la noche tumultuaria del 16 de abril de 1932!1 nos había tratado con afecto. Fue él quien nos dijo que los cadáveres de los nacionalistas estaban en el sótano del hospital de Río Piedras. Añadió que estaría allí dentro de un cuarto de hora más o menos. Entramos al negocio de Pepe Noya. Fue él quien nos aseguró que Pagán había muerto. Fuimos al hospital. "El Jíbaro" cumplió su palabra. Estaba allí y nos dejó ver los cadáveres. Reconocimos a Pagán, a Pepito, a Rodríguez Vega. Ni Agustín ni yo conocíamos a Don Pedro Quiñones. La vista de nuestros compañeros asesinados, sus cuerpos tirados en el piso, frescas las huellas de la violencia que les produjera la muerte, hizo en nosotros dos el mismo efecto. ¡Salimos de allí hirviendo en cólera!

Nuestra ira subió de punto cuando supimos que Pagán, Rodríguez Vega y Dionisio Pearson, (único sobreviviente gravemente herido) ocupantes del mismo automóvil que conducía Pagán, habían sido abaleados dentro del automóvil, sin la más mínima oportunidad de defenderse. Y aunque a Pagán, muerto, con la cabeza caída sobre la rueda de guiar, un policía apellidado Colón, le levantó la cabeza y en haciéndolo, le descargó un balazo en un ojo.

El sitio exacto en donde estos compañeros fueron asesinados es la calle Brumbaugh de Río Piedras casi a mitad entre De Diego y Arzuaga. Su automóvil se dirigía hacia Arzuaga.

He demorado sobre estos recuerdos, imborrables, para que se entienda el estado de ánimo en que, nutrido por estos hechos, se encontraba Albizu al despedir el duelo de nuestros mártires dé Río Piedras. Y no sólo él, sino los miles de asistentes al antierro, y Puerto Rico en general. Fue allí que Albizu, tras media hora de furiosa oratoria, juramentó a los presentes a que aquél crimen no quedaría impune.

No quedó. El 23 de febrero de 1936 Elias Beauchamp minutos después que Hiram Rosado lo intentó sin lograrlo ejecutó revolucionariamente al Coronel E. Francis Riggs.

Beauchamp y Rosado fueron detenidos y asesinados en el Cuartel General de la Policía.

En el mismo cementerio El Seboruco en donde tres meses antes había despedido el duelo de los mártires de Río Piedras, Albizu despidió el de Beauchamp y Rosado. Es uno de sus discursos más hermososo y de los mejor conocidos aunque desgraciadamente su texto completo se perdió. Es inolvidable por el aire majestuoso con que la palabra discu

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